lunes, 4 de noviembre de 2013

Las aves de plata

   

    Recuerdo aquel día en el que mi mente colapsó por completo,  aquella vez en la que mi cuerpo comenzó a pedirme alcohol para curar la locura que me atormentaba. Tenía aquella oxidada arma en mis manos, y era el único con el poder de quitar mi propia vida. Pero antes de hacerlo quería dejar un relato de la historia que atormentaba mis últimos días.
    Era invierno y estaba nevando con tiraría en las afueras. Parecía ser que los copos de nieve eran un ejército castigador de humanos. Vivía alejado de la ciudad en una granja cercana a una familia sensacionalista que se apellidaba "Hummins" y junto a un científico fracasado, un tal Lisandro Jhub. Ellos no molestaban, -a veces- los Hummins gritaban cuando la luna se llenaba, pero parecía ser que estos chiflados eran adeptos de algún dios pagano. No podría no respetar las creencias de las demás personas, después de todo debemos creer en algo para poder escapar de la realidad.

  Comprendía que el frío atrofiaba nuestras neuronas y cuando era extremo no nos deja pensar. El día que tuve la maldición de ser contactado fue un 9 de Julio, -el peor día de mi vida-. Recuerdo haber salido de mi hogar en busca de mis aves de plata, un recuerdo de mi difunto, que en la actualidad tendría unos diez años. Mi pequeño murió de un extraño virus, después de haber tenido contacto con la granja de los Hummins. A él le encantaba jugar con unas viejas aves de plata que había hecho mi tatarabuelo.
    Debía ir en busca de estos juguetes al granero para poder llevarlos hasta mi hogar, puesto que colindante con él se hallaba la tumba de mi hijo. Todos los 9 de julio le dejaba sus aves para que pudiese jugar con ellas desde el más allá. Cuando salí hacia afuera miré detenidamente mi panorama y no era agradable, la nieve lo cubría todo y el cielo era un conjunto de escarcha con tintes grises de  las nubes. El sol estaba tapado por completo y parecía ser de noche por la escasez de luz. En un leve lapso del tiempo pude llegar al granero. Abrí la puerta del lugar y el frío me complicó un poco las cosas. Pero al final pude ingresar al sitio donde guardaba todas mis reservas. Cuando entré noté algo extraño, no se hallaban las aves de plata que solía dejar en una mesita antigua de madera carcomida. Me preguntaba a mí mismo- ¿cómo podía ser?-, el tema era saber si había algún intruso en aquel lugar. No dudé un instante y desenfundé mi pistola. La vida en el campo era difícil y si tenías que matar a alguien tenías que hacerlo y punto.
   Husmeé por un largo tiempo, pero no encontré ningún intruso. Hasta que escuché un llanto horrible, pero conocido a la vez. Provenía de una de mis repisas de herramientas y no vacilé para ir a ver de quién se trataba. Cuando estaba cerca de la repisa la corrí y cuando vi lo que se ocultaba tras ella caí  sentado de culo al piso. Me asusté tanto que no sabía qué hacer en aquel momento. La persona que estaba detrás del mueble era un joven extraño, pero con el rostro de mi hijo,-podía jurar que era mi hijo de adulto- pero no dejaría que la impresión me dominase. No dudé y le hablé rápido al joven que sollozaba en el granero.
    -¿Quién eres?-le grité.
    Sólo me miró y siguió llorando. Su piel era extraña, no parecía ser de este mundo, tenía rasgos humanos pero era como si fuese una esencia vaporosa de color azul oscuro. Sus ojos brillaban de forma rara y eran color amarillo. Lo tétrico era que este joven no paraba de llorar.
   -¡Dime quién eres o juro que disparo!-le amenacé.
  Esta vez el joven parecido a mi difunto hijo, movió sus dos manos en signo de que no le hiciese daño, se levantó y salió de atrás del mueble. Luego me extendió su mano izquierda y me mostró las aves de plata. En aquel momento no pasaba otra cosa que la duda por mi mente y no entendía bien aquella extraña situación. Pero poco a poco la  cordura comenzaba a fallarme y el miedo me envolvía como lo hacía con aquel muchacho.
    -¿Quién eres chico?-le insistí.
  Esta vez dejó caer las aves de plata y me tomó de la mano. En cuestión de segundos comencé a cambiar de entorno y a visualizar un lugar extraño. Varias visiones me atormentaban en aquellos momentos. Pero las recuerdo por orden, en la primera de ellas podía ver una ciudad en los cielos, como si estuviese flotando. Los habitantes de ella la llamaban "Oblaratek". Todos los pobladores del sitio vestían túnicas blancas similares a las que se usaban en el senado griego en la antigüedad. Mi visión comenzaba desde los cielos para descender, era como si me hubiese convertido en un espíritu vagante y curioso. Ahora me encontraba en las calles de la ciudad y podía ver a un gran concejo de estos extraños hombres que tenían similitud a los humanos pero que sus cuerpos eran el triple de grandes. La mayoría de los habitantes de aquella ciudad eran de facciones bellas y de cabellos largos y fuertes, como si tuviesen una especie de poder en sus risos. Las hembras eran hermosas y poderosas, con cuerpos esculturales del doble de tamaño de un hombre terrestre. Toda la plebe de aquel pueblo extraño pero refinado, estaba a punto de escuchar a los gobernantes del sitio, a un concejo que se ubicaba en una especie de anfiteatro. Por un segundo paré mis oídos para escuchar lo que estos seres discutían. Un hombre anciano pero fornido daba inicio a la conversación.
   -Bien hermanos míos. Como noble hyperiónico, les comentaré la situación actual de nuestros hermanos.
    Todos comenzaron a abuchearlo como si hubiese tocado un tema de sumo rechazo.
    -Por favor... sólo escuchen.-el anciano intentó calmarlos.
   Pero la muchedumbre estaba furiosa. Y se podían escuchar gritos de repudio en el lugar. Hasta que se levantó un tipo de risos dorados y de una contextura física inimaginable. Este ser tenía vestimenta apropiada para la guerra, se notaba que no era un político, sino un castigador o militar.
     -¡Ya basta!-les gritó a todos.
    La masa de mortales quedó cuajada y se completaron en silencio.
     -Ahora puedes hablar Lux Xenos-le dijo al anciano.
      El viejo lo miró y le mostró las gracias con su rostro.
     -Nos encontramos en un gran dilema. La última raza no sabe nada de nada. Ellos no estarán dispuestos a comprender. Fueron creados para callar y para no comprender en absoluto.
   Todos escuchaban atentos, pero aún sentían desprecio por el tema.
   -Sabemos que "atmosferia" no soportará mucho más y que pronto los reyes de Epimorden destruirán la barrera de los mortales de Therr, y los acabarán. Nuestros amados supremos están haciendo lo imposible para detenerlos, pero ya es demasiado tarde.
  Un humanoide de cabellos rojos desde la muchedumbre dijo unas palabras.
   -Ellos están así porque ellos mismos nunca han aprendido el conocimiento divino. Tendrán su propia perdición, la merecen, son las escoria del existir.
  -Si el rey de reyes te ollera, te desintegraría en instantes por tu infamia. Ellos son los últimos, los olvidados y ellos merecen ser protegidos porque son la última creación que nuestro amado Narishgan nos ha dejado. Nuestro rey yace débil y postrado en Nujharum cercano a Phobmarte y todos somos testigos de que Nostrom junto a los dioses de Epimorden desean acaban con los homonabis.
    -Pues que lo haga-dijo el tipo de cabellos rojos.
  Toda la muchedumbre le aplaudió y comenzaron a discutir entre ellos. Pronto mi visión comenzó a evaporarse para dar un cambió y me dirigió a otros sitios. Ahora me encontraba en un lugar de oscuridad y torturas. Habían seres empalados, y por otros lados engendros que estaban siendo torturados. En el centro del lugar se encontraba un ser abismal con rostro horrible, su cuerpo era de lo más extraño. Tenía la cara derretida por alguna especie de ácido, sus brazos colgaban como si estuviesen atrofiados. No tenía piernas, tenía barras de metal en vez de ellas incrustadas a su carne, se arrastraba y desde su pecho salían legiones de engendros alados que parecían insectos en comparación de su tamaño. Mi visión me hacía seguir a los insectos humanoides, que juntos se dirigían a una colosal batalla contra otras bestias que se hallaban cruzando un río de sangre que transportaba cadáveres putrefactos y virulentos.  Esta visión era extraña, pero en mi mente me susurraban un sólo nombre, "Epimorden". Ese nombre jamás lo olvidaré, pero jamás sabré de qué trataba exactamente.
    Aquella visión cambió por completo y esta vez me hallaba en el cielo, nuevamente en la ciudad de los Hyperiónicos. La ciudad de Oblaratek estaba teñida en llamas y una guerra había dado inicio. Miles de soldados alados luchaban al borde del cielo y el espacio. No había rastro de los Hyperiónicos, era como si ya estuviesen extintos. La lucha se veía a los lejos, gritos de batallas, bolas de energías cósmicas, batallas cuerpo a cuerpo entre seres extraños de todo tipo de razas desconocidas e inconcebibles para la mente humana. La guerra era por defender una barrera entre el mundo y el espacio, era como si otras razas quisiesen adentrarse a la tierra y destruirla y por otro lado otros seres se encargasen de proteger esa intromisión.  La batalla seguía y parecía que los seres oscuros estaban destruyendo la barrera del cielo. Ya nada se podía hacer, la perdición era algo próximo para los habitantes del mundo o también conocido como Therr. De pronto uno de los alados se acercó hasta mí, tenía alas de águila y era el joven que lloraba tras el mueble del granero. Me miró detenidamente comenzó a llorar y me arrojó las aves de plata de mi difunto hijo. En sólo segundos desperté de las visiones y me encontraba en el suelo del granero. Me paré después de unos minutos, tomándome la cabeza por la terrible jaqueca. Fui hasta la tumba de mi hijo y las aves de plata estaban allí, pero llenas de sangre y con una nota, que decía:

   Hicimos lo que pudimos, provenimos del futuro y combatimos cada vez que podemos a los demonios de Epimorden. Pero algún día destruirán la barrera que protege a los homonabis y ese día, la extinción de su raza será una realidad. Te amo padre, nunca te he olvidado y ahora soy un guerrero de sitios que tú jamás entenderás hasta que estés muerto. No te preocupes por mí, seguiré luchando por los eones de los eones de la eternidad. Pero por favor no intentes algo estúpido, esto es real. Por favor que este mensaje le llegue a todos los humanos, no dejes que el escepticismo te domine, confía en tu verdad.


    Después de leer la carta, pensé en todo lo que me había dicho este ser que se nombraba como mi hijo. La única solución para lo que había vivido era una bala en mi cerebro y sólo así podría reunirme con mi amado hijo en el más allá. No me importaba la extinción de los humanos, lo único que me importaba era mi amado niño. Pero igualmente  todos conocerán la verdad y dejaré esta carta para que se sepa la verdad y que se conozca  sobre la batalla que será librada por los eones del existir. Algún día un forastero encontrará mi hogar abandonado y leerá estas predicciones ominosas y sólo allí será cuando el destino incierto de los humanos pueda ser cambiado, sólo cuando un elegido encuentre estas letras de poder. 

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1 comentario:

  1. Hola Damian Fryderup, lei esta historia con mucho encanto y quisiera saber mas sobre este fantastico relato.

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