martes, 29 de mayo de 2012

El santificado


    
    Los ideales que circulaban por mi mente siempre fueron férreos a cometer atrocidades en la vida. Desde que volví de la guerra, a casa de mis padres, comencé con mi incursión en el sadismo y con mi campaña por masacrar a cualquier ser vivo.
    Mis ancianos padres fueron mis primeras víctimas. Vivíamos en unos extensos campos agazapados por un paisaje cordillerano, donde abundaba la vegetación y donde se plantaba cualquier cosa, y ésta emergía.

    Todos los días me tocaba  alimentar a los cerdos que estaban en los corrales, mientras que papá hacía los trabajos más delicados del campo. Al haber trabajado tanto con los malditos cochinos, pude estudiarlos con detenimiento y me di cuenta, que estas bestias eran capaces de comer cualquier cosa, algo de lo que me había percatado; ya que podía ser su plato principal.
    Un imponente día en el que el sol demostraba a todos los dioses que él era el que mandaba en los cielos, decidí tomar mi primera experiencia para crecer como asesino.
    Mientras mamá cocinaba una deleitante sopa de las que ella preparaba, me encontraba con papá ordeñando una vaca. Y fue en ese momento de mi vida, que una ráfaga de maldad terminó de cubrir completamente mi mente. Mi viejo y débil padre era la presa indicada para inundarme en experiencia. Me hice el adolorido y le dije que me retiraba,-el pobre e ingenuo viejo me creyó-.
    Mi anciano padre seguía ordeñando la vaca, y yo, por otro lado me había hecho con un hacha; el arma perfecta para comenzar a trabajar.
    En esos momentos me quedé unos segundos apreciando sus cabellos rebalsados en blancura, su cuello tan arrugado como una pasa de uva y su frágil cráneo que con un golpe de hacha se partiría por completo.
    Tomando con todas las fuerzas posibles con mis dos manos, aquella pesada hacha, la llevé hasta mi espalda para tomar más distancia. Y luego di el golpe -tan preciso-, como el impacto de una bala.
    Cuando mi filosa y oxidada hacha atinó en la cabeza de mi anciano padre, ésta se partió por la mitad demostrando la dureza del golpe. Parecía que tenía dos cabezas en vez de una, dado que la partidura fue verticalmente. Por otro lado, la sangre eyectaba a destajos desde el centro de su división craneal. Pero eso no fue lo que más me impresionó, lo que más robó parte de mí fueron los sesos de mi viejo padre. Se veían tan apetitosos, tan jugosos, tan viscosos y cortados a la perfección. Que decidí hacer lo que creía correcto, poniéndome en la carne de un caníbal comencé a devorar los sesos partidos pertenecientes a las dos hojas craneales que había causado; en la cabeza de mi padre.
    Una vez que terminé de alimentarme con mi progenitor decidí ir en busca de una mujer.
   Sin importar que estuviera cubierto de sangre, entré de improviso a la casa, donde encontré sin buscar demasiado a mi obesa madre, que parecía tener seis senos por los rollos grasosos de su panza.
    Al verme manchado con sangre, mi madre preguntó algo que era más que predicho.
    -¿Qué es lo que ocurrió?
    Sólo la miré detenidamente y le dije:
    -Nada… mamá… nada.
    Y ella me miró con mucho asco dándose cuenta de lo que había ocurrido. Pero para no ver sufrir a mi querida madre usé un titánico cuchillo que estaba al alcance de mis manos y arrojándome desenfrenadamente hacia ella empecé a apuñalarla, sin compasión. Era tan hermosa aquella sensación que mi cuchillo parecía ser enterrado contra una especie de bola grasosa a la cual nunca me cansaba de punzar. La gorda inmunda de mi madre, había quedado con su carne rasgada demostrando a cualquier ser que mi trabajo había sido efectivo.

    Después de mis primerizas víctimas me retiré de mi hogar, antes, prendiéndolo fuego y dejando que las llamas se encargasen del resto.
    En toda mi larga vida, jamás pudieron atraparme los ingenuos policías. Todo se debía a que mis víctimas pasaban por mi tenedor, boca y estómago para luego convertirlas en excrementos.
    Por mi profesión, era una persona nómade, iba de aquí para allá como los mismos nativos en tiempos anteaños.
    Pero  mi vida cambió cuando llegué a mi último refugio. Era un edificio abandonado y deteriorado por un sinfín de razones. El lugar perfecto para esconderme y planear mis nuevos trabajos.
    Lo más extraño de este enorme, grotesco y burdo edificio eran unos signos esotéricos que estaban en algunas habitaciones del lugar.
    Después de terminar con mi trabajo de explorador, tomé uno de los tantos cuartos y dejé mis pocas pertenencias; tan sólo unas ropas y unos cuantos cigarrillos de marihuana. Mi mejor compañera ya que esta hierva apaciguaba mi estrés. Mi trabajo era irritante,-escuchar constantemente gritos de imploración, mancharme con sangre de otros-. En fin, un trabajo difícil pero digno, o al menos mi mente me decía que era digno.
    En un lapso considerable de tiempo después de que acomodara mis pertenencias, escuché un ruido en el cuarto. Un sonido como si alguien rasgara las paredes de aquella habitación.
    Al sentir estos sonidos me dirigí inmediatamente hacia la habitación adyacente, con la esperanza de encontrar una nueva presa.
    Pero mi desilusión fue considerable, porque cuando entré al otro cuarto no encontré nada más que un signo extraño en la pared. Este signo a pesar de ser extraño, no me impresionaba puesto que muchos más eran los que hacían notar su presencia en los otros cuartos o  pasillos del edificio.
    Sin tener noción del tiempo pero dándome cuenta que ya era de noche, enfilé hacia mi habitación. Pero en ese instante, sentí el mismo ruido y esta vez pude ver quién era su dueño.
    Era una persona, lo suficiente truculenta como para lograr causar un cierto grado de inquietud en mí. Esta persona, vestía con una túnica negra (algo muy inadecuado para el siglo XXI). Una capucha ladeada hacia sus ojos, trataba de ocultar su rostro. Y su cuerpo era el de un aciano lo bastante débil como para pasar por  manos de la parca.
    Algo que hace mucho tiempo no hacía, en aquellos momentos lo hice. Le formulé una pregunta a aquella persona.
    -¿Quién eres?-pregunté cuajado.
    No tenía planes de contestar.
    -¿Qué haces aquí?-le insistí.
    Seguía reacio a ser sociable.
    Y cuando estaba a punto de lanzar desde las profundidades vocales otra pregunta, una luz destellante segó por completo mis oscuros ojos.
    Prácticamente había perdido mi vista, como si ésta estuviese apestada. En esos momentos de ceguedad infinita, podía sentir un dolor sabroso y a la vez feroz, sentía que apuñalaban mi cuerpo y que me daban golpes con látigos adecuados al castigo.
    Era tanto el dolor que no lo soporté y me desmallé. Luego, sin tener conocimiento de dónde estaba o qué hora era y qué era lo que había ocurrido. Intenté pararme, pero era como si algo me faltase. Con mucha paciencia mi vista iba reconociendo los colores del entorno. Un entorno oscuro, deteriorado como si estuviera en un edificio abismal.
    Y cuando pude recobrar por completo mi visión, logré darme cuenta que tenía una barra de metal incrustada en mi pecho la cual lo traspasaba y llegaba hasta la pared.
    A pesar de que en aquellos momentos sentía un dolor impetuoso por tener mi cuerpo ensartado en el muro, podía darme cuenta que estaba más fuerte que antes y que no me desmayaría nuevamente.
    Sin saber qué hacer ante lo ocurrido, decidí mirar con más detenimiento el cuarto en donde me encontraba. Y pude ver  mis piernas desprendidas de mi cuerpo,  formando una línea bajo de mí. Luego, atisbando hacia  mi izquierda y derecha, mis ojos notaron que mis brazos estaban completamente ahuyentados y rectos, puestos horizontalmente y alejados lo suficiente de mi cuerpo como para afirmar que estaban amputados. Pensando en la situación sin mucho detenimiento, mi mente logró informarme que estaba en posición de crucifijo. Al parecer el que había hecho esto conmigo era una especie de fanático religioso que buscaba la expiación o eso es lo que creía en aquellos momentos.
    Todo estaba en silencio, no había señal alguna de vida en aquel lugar. Lo único que escuchaba era el latido de mi corazón y lo único que mi olfato captaba era tufos putrefactos provenientes de los aires turbios de aquel sitio.
    Pero cuando la quietud se había adueñado de la sala, otro destello, junto con  sonidos espeluznantes rompió todo grado de quietud en aquel sitio.
    Desperté exaltado después de todo lo sucedido y pude darme cuenta que todo había sido un sueño, pero sólo hasta que escuché los mismos ruidos de un pasado.
    Decidí hacer lo mismo que antes, ir en busca del causante de los sonidos que se escuchaban tras las paredes de la habitación colindante.
    Y cuando llegué al cuarto, mis ojos vieron algo que jamás hubiesen querido avistar. Eran todas mis víctimas -“todas”-. Niños, ancianos, mujeres y hombres.
    Todos me miraban, con ojos rojos e inundados en sed de venganza. Hasta mis dos queridos y ancianos padres, se encontraban allí.
    Al sentirme tan intimidado y presionado por todas mis víctimas que venían con la intención de arrancar mis entrañas, hice lo más cobarde de toda mi vida. Les imploré en cuclillas, el perdón que tanto necesitaba en aquellos momentos. Pero era más que sabido que todas estas almas condenadas, no venían a perdonar a nadie y menos a mí. Sólo venían a tomar lo que era suyo por derecho, como yo había arrebatado sus valiosas vidas.
    Todos cargaron contra mi persona, eran unos cincuenta aproximadamente, y comenzaron a devorar mi cuerpo lentamente, presionando con sus dientes para lograr arrebatar la carne. Sólo con el mero objetivo de lograr un cierto grado de placer y alivio en sus almas, y para lograr que yo sufriera  lo posible e imposible.
    Una vez que desgarraron mi carne con sus mordiscos infernales, pude darme cuenta que no había muerto.
    Y fue desde ese día que supe en qué consistía mi castigo. Un castigo que iba más allá de la imaginación humana. Un castigo eterno, en el que despertaba de un sueño en el cuarto del que me había adueñado, para ser castigado de las peores formas una y otra vez, por toda la eternidad.
    En los momentos en que las ánimas provenientes del mismo pandemónium, me torturaban, logré darme cuenta de todo el daño que les había causado y pude comprender que jamás podría devolverles lo que les había arrebatado. Lo único que podía hacer, era recibir mis eternos castigos como mandaban las leyes del infierno o aceptar, que quizá el cielo me había convertido en un santificado.
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miércoles, 16 de mayo de 2012

Di Ghodes


Desde las sombras más etéreas, se formaron los abismos
Abismos que se abrían paso entre el espacio y tiempo, y que eran visualmente sin visión.

No venían a traer copas rebalsadas en júbilo
Venían juntos de la mano, con la oscuridad
Una oscuridad eterna y desconcertante
A la que nadie conocía y a la que todos temían.

Junto con la oscuridad que irradiaba sombras tan negras como la mismísima noche, venían hordas de bestias incorpóreas y amedrentadoras
Que jamás habían sido vistas, por los mismísimos ojos del hombre
Ojos, que jamás hubiesen querido ver aquello.

Abismos sin sentido alguno, encargados de batallar contra el espacio, tiempo y materia, que venían  protegidos por la oscuridad y las sombras más desgarradoras y degeneradas de los mundos subterráneos
Abismos que no traían nada, “abismos” que lo traían todo a la vez.

Pero lo que causaba un considerable grado de pavor a los lugareños, no eran las bestias sombrías, provenientes del mismo hades
Sino que, lo que les arrebataba la racionalidad, cordura y fe era: “Él”
Conocido por muchos nombres, querido por algunos, odiado por otros.

Él, no sólo era “Él”, sino que también era muchos a la vez
Un “demonio” un “ángel”, sólo los humanos lo podían etiquetar con tales acusaciones
Humanos, por los cuales venía en su rescate, como si fuera su verdadero redentor
Por algunos,  para aliviar su dolor, por  otros, simplemente para mostrarle sus placeres, tan divinos, como el acto sexual
Placeres, que iban más allá del esoterismo, más allá del amor, más allá de las sensaciones aumentadas que  pasaban  por el cuerpo de los humanos en aquellos momentos, como si estuviesen recibiendo descargas eléctricas en sus partes más nobles.

Pero cuando “Él”, estaba a punto de llevarse a su vasto rebaño de humanos pasmados, ante su fe reacia a la verdad
Surgió desde las profundidades de la mismísima señora tierra el “Hombre oscuro”
Del que nadie sabía nada, al que todos habían visto

Un hombre que escaseaba por su corporeidad, un hombre que se lograba distinguir sólo por su sombra
“Él”, no sabía qué hacer ante lo ocurrido, sólo lo miró, detenidamente como si estuviese hipnotizado, por magias arcanas que sobrepasaban el límite de lo natural
Y el “Hombre oscuro”, que para muchos era sólo una sombra, que danzaba en los eternos mantos de la oscuridad
Rió y rió, ante ver a “Él” tan atemorizado por su patriarca que venía en busca de su vida, alma, esencia u carne.

“Él”, terror de muchos la risa del “Hombre oscuro”. En un intento de desesperación, miedo, ansiedad, sólo lo que él sentía, se largó del lugar
Pero el “Hombre oscuro” no lo dejó, nunca y siempre a la vez.

“Él”, no sabía qué hacer mientras que la gente del pueblucho, estaba casi babeando, por lo que sus brillantes ojos podían ver en tiempos y espacios de la materia física real.

Como con una boca de un descomunal gigante mitológico el “Hombre oscuro”, devoró con un hambre voraz a “Él” y a todos sus abismos y sombras paganas, que lo acompañaban por toda la eternidad como en el sagrado matrimonio.

Después de esto, todo el pueblo quedó ajeno ante lo visto y las luces volvieron a reinar como en tiempos anteaños.
Pero aún estaba ante los humanos, un ser desconocido como “Él” un ser del que nadie sabía nada, al que todos habían visto
Todo el lúgubre gentío del pueblo, sé quedó inmóvil esperando a que el “Hombre oscuro” hiciese algún truco de magia; como lo hacían los magos de “Strhains”.

Y cuando el “Hombre oscuro” en esos momentos de silencio eterno, un silencio pacífico que a la vez era aterrador. Se dispuso a devorar a los humanos, en sólo cuestión de segundos surgió desde las entrañas del mismísimo padre cielo, un hombre de luz y vehemencia o qué al menos eso demostraba…

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martes, 17 de abril de 2012

El devorador humano

    
    Era un deslumbrante día de verano, el sol se hallaba impetuoso en los cielos. Me encontraba solo-como de costumbre- en mi caserón del bosque.
    Todo iba a la perfección, hasta que surgió desde las profundidades del bosque una mujer, -más bien, una jovencita-. Que estaba más desorientada que un sarraceno en la Antártida.
    Esta angelical muchacha se acercó a mí, y me preguntó algo presagiado a leguas.
    -¿Dónde estoy?-dijo, con un tono de dulzura indiscutible.
    -Estás en la gran “Rhitonada”-le dije.
    -Ya veo… ¿Cómo puedo llegar hasta la carretera principal?
    -Debes tomar ese camino-le indiqué con el dedo, en dirección norte atravesando una pared de árboles.
    -Bueno… en realidad… No quiero ir a la carretera.
    -¿Y dónde quieres ir?-le pregunté confundido.
    -Quería preguntarle… ¿Si puedo alojar por una noche en su casa?
    Cuando me hizo esta pregunta, puso la cara de una dulce niña a la que ningún hombre se hubiese resistido ante sus encantos.
    -¿Y tus padres?-le pregunté estupefacto.
    -No se preocupe-me dijo-Yo, tengo padres-la muchacha se mostró apenada como si los hubiese perdido en un holocausto.
    -Esto… está mal-le dije, con mucha razón-Yo no te conozco, además eres sólo una niña.
    -Insisto en que no debe preocuparse, no le causaré ningún tipo de molestia.
    -¡Está bien niña!-exclamé, sabiendo que esto era todo un error.
     -Yo-, mejor que nadie, tenía el conocimiento de mis instintos salvajes y de qué podía llegar a suceder si la jovencita dormía en mi casa.

    Algo en mí, quería salir rápidamente e ir en busca de esa joven y quitarle su segura virginidad. Pero tenía que controlarme,  eso era algo que estaba mal o por lo menos es lo que pensaba en aquellos momentos.
    El caso era, -¿Cómo controlarme si jamás había sentido el calor de una mujer?-. Mi mente retorcida, me decía que me deleite con aquella muchacha -pero parte de mí-, controlaba esos deseos asquerosos y burdos. Muchas veces lo pensé,-créanme que así fue-, pensé en no ultrajar a la muchacha virginal. Muchacha que por cierto tenía un tono de piel blanco como la misma nieve, lacios y dorados cabellos, boca pequeña de tono rojo y hermosos ojos celestes.
   Después de mostrarle su habitación, nos dirigimos a la cocina. Preparamos algo rápido y empezamos a deleitarnos con uno de los tantos placeres de la vida.

    Ya era de noche, la luna se había arrimado empujando al sol y ya estaba completamente visible mostrando su cuerpo al desnudo en los cielos. Si había algo que escaseaba en mi hogar -eso sin dudas- era la diversión. Al estar en medio del bosque, mi casa no disponía de televisión por cable. Tampoco tenía juegos de mesa y ningún equipo de música. Mi vida era la de un ermitaño.
    La muchachita, sabiendo que no había forma alguna de divertirse, decidió irse a los regazos de su cama. Por otro lado, me quedé en la cocina controlando a esa fiera que tenía en mi interior, una fiera que ya no podía encadenar.
    Esperé a que ella se durmiera, para hacer lo que mi retorcida mente me obligaba a cometer. Era como si no pudiera dominar ninguna parte de mi cuerpo. Por más que intentaba, no podía controlar mis deseos incontrolables de quitarle la vida a aquella muchacha. Pero -antes de quitarle la vida-, también quitarle la pureza de niña que aún conservaba -“seguramente”-.
    Cuando ultrajé a la muchachita desgarré su vagina, y su ano ya no contaría la historia. Luego descuarticé su desarrollado cuerpo de mujer despojándole de sus frágiles extremidades. En esos momentos no podía creer que era lo que estaba haciendo, era tanta mi soledad en aquella enorme casa, que me había vuelto totalmente loco.
     Para no dejar evidencia alguna del homicidio, me comí su cuerpo en un estofado. Cada masticada con mis mandíbulas poderosas, le desprendía de su tierna carne de joven virginal. Carne que, por cierto, estaba deliciosa. Esta muchacha,  tenía el gusto de un tierno y exquisito cordero-sólo que de un sabor más grasoso-.
    Luego de mi acto me acosté a dormir en la reconfortante cama de la habitación.
 Pero lo que más recuerdo de aquel momento, es que cuando fui a pegar los ojos tenía escasos remordimientos de lo que había hecho.
    Por fin, había logrado estar con una mujer -por fin lo había logrado-. En un principio sentía culpa, pero después sólo me daba risa dado que le había hecho un favor a mi ser, y a ella-¿Quién iba a querer en este mundo cruel a una muchacha huérfana?-.
    Pasaron tres días ante lo sucedido. Cuando llegó la lúgubre noche, comenzó mi tortura eterna, tortura que me hacía dar cuenta el dolor que le había causado a aquella muchacha.

    Cuando dormía sentía que me destapaban, también susurros que viajaban con la brisa del aire que se filtraba por la ventana del segundo piso.
    Sin poder dormir  por este macabro juego de espíritus, decidí ir al baño que estaba a sólo unos pasos de mi habitación para lavarme la cara.
    Después de lavar mi avejentado y pálido rostro, cometí el error más grande de mi vida, -me miré al espejo-. Y cuando lo hice, apareció ella, desde las profundidades de quién sabe dónde. Con su cara falta de tejido cutáneo y llorando lágrimas de sangre. El susto fue tan grotesco que caí al suelo pareciendo un boxeador tocando la lona. Por otro lado, el ánima de mi víctima había desaparecido por completo, como si se hubiese disuelto en los aires etéreos.
    Luego me dirigí a la cocina, para quitarme el mar sabor de boca por todo lo sucedido. Y cuando abrí el refrigerador, estaba ella descuartizada y sin piel, con su sangre haciéndose notar a leguas. Sangre, que fluía por sus extremidades mutiladas.
    Este espíritu me atormentaba sin compasión. La misma compasión que yo no tuve al haberla asesinado.
    Lo único que atravesó mi mente ante todo lo que estaba sucediendo fue, implorar su perdón y quitarme la vida.
    Después de pedirle perdón a mi víctima y hacer las paces con los dioses, -si es que aún podía ser perdonado-. Decidí tomar el vetusto revólver de mi padre y quitarme la vida -como al cerdo que era-.
    Una vez que tenía aquel avejentado revólver en mis manos, titubeé muchas veces hasta que lo hice. Pero nada sucedió, la anticuaria arma hacía escuchar su riguroso sonido de estruendos infinitos, y yo no lograba quitar mi atormentada vida.

    A veces soñaba con la muchacha a la que había matado y al parecer, esta mujer era una enviada de los páramos distantes, una regente de los mundos bajos. Una adepta de los dioses de “Epimorden” que fue llevada por error a las garras de un asesino de mi calaña.
    En lo que respectaba a mí, me había marchado de la anticuaria casa para alejarme hacia otro sitio, lejos de la locura donde –quizá- alguna vez pudiese tener una oportunidad de redención. Llevándome conmigo el tormento eterno por haber matado a la hija de un supremo regente de las tierras bajas-como lo veía en mis sueños y visiones-.
    Nunca, he podido acostumbrarme al castigo de apariciones torturantes que recibía diariamente. Pero todo lo ocurrido sirvió de buena lección para los dioses.
    Una lección, para no confiar en todos los humanos –y, mucho menos- subestimarlos. Seguramente la próxima vez que envíen a otro hijo sagrado, lo harán a las manos correctas.


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lunes, 9 de abril de 2012

Fragmentos de diarios

   

 Del Cercana Región, 01 de marzo de 1999:

MUJER ATROZMENTE MUTILADA “ENCONTRADA EN UN DESCAMPADO”
Se desconoce su identidad
“Lugareños, afirman que esto no fue obra de un humano.”
“Historias hablan de un ser sombrío, que vive en las cavernas.”



     Del Cercana Región, 10 de marzo de 1999:

UNA RES, ENCONTRADA EN LOS CAMPOS CON INSCRIPCIONES EN SU PIEL “SIN ÓRGANOS”
Las negaciones del gobierno en el asunto se hacen notar
“El dueño del animal, habitante de los campos Catrel, dice haber escuchado ruidos aterradores por la noche”


    Del Cercana Región, 20 de marzo de 1999:

ENCUENTRAN RESTOS DE TRES NIÑOS “SUS CUERPOS IRRECONOCIBLES”
La madre de los niños sobrevivió milagrosamente.
“Cuando vi esa sombra, me desmallé y no recuerdo nada más”



    Del Estado Libre, 30 de marzo de 1999:

TODO ESTO ES UN INVENTO DE “LA IMAGINACIÓN
HUMANA”
Las personas fallecidas, no han pasado por el peritaje.
“Pero que no quepa duda, que murieron por causa de jabalíes de las cercanías”
“Estos animales son realmente salvajes”


    Del Cercana Región, 10 de abril de 1999:

EL GOBIERNO CUBRE TODO “EL MAL EXISTE EN UN PUEBLO DE LA MUERTE”
Lugareños, afirman ver una especie de sombra que se moviliza por las noches.
“Es el diablo y ha venido a llevarse a todos los pecadores”
-Palabras de una mujer de la zona


        Del Estado Libre, 20 de abril de 1999:

LOS EDITORES DE CERCANA REGIÓN “SON UNOS AMARILLISTAS”
Se ha comprobado, que las personas fallecidas fueron asesinadas por una nueva especie de insectos.
“Hicimos todos los estudios y descubrimos una nueva especie de insectos de la familia arácnida”


    Del Cercana Región, 30 de abril de 1999:

NOS BASAMOS POR LAS MISMAS HISTORIAS DE LA GENTE “LOS LUGAREÑOS NO MIENTEN”
Se encuentran restos viscosos en el campo de los Amhados.
“Nunca en mi vida, había visto tal cosa”
“Al parecer la viscosidad, proviene de una especie de huevos”


    Del Cercana Región, 07 de mayo de 1999:

MUERE UN COMPAÑERO DE LA PRENSA “POR CAUSAS DESCONOCIDAS”
En medio de un reportaje, un compañero cayó tumbado al suelo como un costal de papas.
“Es el diablo, es el diablo”
-Una loca de la zona


    Del Cercana Región, 20 de mayo de 1999:

MUEREN INVESTIGADORES DEL GOBIERNO EN “LOS CAMPOS DE LA ZONA”
Fueron asesinados de la forma más cruel.
Sus cuerpos estaban masticados por unas mandíbulas muy poderosas
Un lugareño, afirma haber visto pequeños bichejos de color negro
“Eran como las mismas sombras”


 Del Estado Libre, 25 de mayo de 1999:

EL GOBIERNO NO DARÁ MÁS INFORMACIÓN SOBRE “EL TEMA”
Todos los investigadores del caso han muerto.
“Se nos fue de las manos, jamás quisimos que esto ocurriera”
“Fue un error, que hemos ocultado por meses”


    Del Cercana Región, 10 de junio de 1999:

NO, NOS INMISCUIREMOS MÁS EN “EL TEMA”
Que Dios se apiade de todos
Todos nuestros investigadores han muerto
“No debieron ocultar la verdad, ya es demasiado tarde”

    Del Estado Libre, 15 de junio de 1999:

EVACUAREMOS A TODO EL “PUEBLO”
Lanzaremos bombas de napalm en toda la zona
“No abra piedad, para tales engendros”
“Las sombras deben ser erradicadas”


 Del Cercana Región, 25 de junio de 1999:

EL EJÉRCITO NO PUDO CON “ELLOS”
No hay esperanza alguna para la humanidad.
 “Sólo queda rezar y esperar una muerte rápida”
“El fin es algo propicio para un mundo corrompido”


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martes, 27 de marzo de 2012

Relatos del abismo-Se solicitan ilustradores


    ¿Te gusta pintar? ¿Te gusta dibujar? Pues entonces es tu oportunidad de mostrar tu talento colaborando como ilustrador de cualquiera de los relatos y poesías de Almas condenadas. Sólo debes mandar un mensaje a la dirección del editor Damian Fryderup para que valore tus trabajos y luego los publique en Almas condenadas.

La dirección es: galatos@hotmail.es

Volviendo al cosmos

    
    Era pleno invierno y me dirigía por caminos rebalsados en nieve, que me conducirían a casa. Mi fiel y deteriorado coche, el cual usaba para todos los recados de mi esposa y para trabajar,-me movilizaba, impetuosamente-.
    Mi hogar se encontraba a tan sólo 2 km de mi ubicación. Me había dirigido al pueblo más cercano, para comprar unos víveres que me había encargado mi cónyuge, -cosas que necesitábamos con mucha prisa- porque con la tormenta de nieve que arrasaba los aires puros de la zona, la gente desbarataría todas las tiendas en busca de provisiones.
     Pero por esas jugadas injustas del destino, mi maldito cacharro se paró por un altercado en el motor. Dado que no lo revisaba hace dos años; un descuido de mi parte que me había costado bastante caro.

    Bajé del coche para dármelas de mecánico, mientras las oleadas de copos de nieve gruesa, (que exagerando la situación, parecían bolas de golf por su tamaño) azotaban contra mi cuerpo; al parecer las ventiscas se habían encariñado con  mi rostro porque ahí era donde más atacaban.
    Sin saber qué hacer ante tal situación, me irrité demasiado. Pero cuando todo estaba tan turbio, pude avistar una casa por las cercanías; seguramente su dueño era un buen samaritano y me ayudaría con mi problema.
    Dejé mi injusto automóvil en aquel camino a la deriva, -con el seguro activado- para emprender viaje a pie hasta la solitaria casucha -que por cierto- estaba situada en una colina careciente de un camino transitable. Este rancho apenas se distinguía en las lejanías, puesto que las ventiscas que hacían unos brutales movimientos de vaivén, imposibilitaban al ojo humano ver con claridad cualquier cosa que se encontrase en el horizonte.
    Tras caminar con mis piernas temblorosas y muy agotadas por el peso de la nieve, decidí descansar un periquete en el suelo teñido de blanco -sabiendo que mi culo se iba a congelar-, quedando como el muslo de una res en una cámara frigorífica.
      Una vez que finalicé con mi breve descanso en los suelos blancos, enfilé nuevamente hacia la casucha; que seguramente era de un viejo cateto.
    Cuando llegué, pude darme cuenta que carecía de dueños, ya que nadie me recibió a los escopetazos. En un acto de mala educación me adentré en aquella casa tan burda para cualquier persona con algo de fineza, con el propósito de amortiguar un poco el salvaje frío que quería penetrar mi cuerpo.
    Pero cuando abrí la puerta mis ojos sufrieron una especie de shock abriéndose y cerrándose repetidamente. Porque en aquella casa se podían avistar en las paredes de madera deteriorada, cabezas de animales, colgadas como trofeos-con formas ominosas y amedrentadoras-. Sin dudas, esta casucha tenía un dueño y este dueño era, un indiscutible cazador.
    Los trofeos variaban, pero en lo que respectaba a mis conocimientos de animales aún no lograba distinguir a ninguno de estos. A pesar de no ser muy amante de las bestias, no era del todo reacio a ellas, podía reconocer lo que era un conejo, un zorro o un pez.
    Pero estos trofeos se alejaban mucho a seres tales como los que nombré. Había un conejo con su carita de santidad pero con una mínima diferencia,  este conejo tenía un cuerno en su frente que desgarraba la carne para emerger y de su boca sobresalían dos enormes colmillos como los de un jabalí. También había un águila, sólo que estaba falta de pico y en vez de él, tenía una boca dentada y putrefacta. Sus ojos estaban faltantes y carecía de plumajes en algunas zonas.
    Otro de los animales era un jabalí con un solo ojo y con tres cuernos enfilados como medialuna en la parte superior de su cabeza. Lo seguía un lobo de pelaje rojo, con ojos blancos y dientes de humano. Y por último, había una bestia con las facciones de un felino, sólo que éste no tenía ojos y hacía notar que su boca era de forma circular, sin olvidar que también este engendro estaba falto de piel para mostrar su carne viva a los espectadores.
    Mientras yo estaba como idiota apreciando aquellos trofeos de los mismos infiernos, tan atroces e innaturales. La puerta se abrió con mucha soberbia. Era el dueño de casa, un hombre deteriorado y con un tono de piel pálido. Pero lo que más llamó mi atención de éste extraño hombre fue, que sus ojos eran tan blancos como la misma nieve de las afueras.
    Además este cateto me miraba como si estuviese hipnotizado y no me decía absolutamente nada, como si fuese mudo o careciente de carisma para emprender una conversación con un extraño. Sin saber qué hacer, ante tal situación de incomodidad le pregunté.
    -¿Quién es usted, señor?
    Y el anciano contestó.
    -Yo, soy el dueno de eta casa-me dijo, con un lenguaje bastante desordenado y con voz suave.
    -Oh. Disculpad señor… este… yo sólo…
    -Depreocúpate, sé po qué etas aquí.
    -¿Qué?-exclamé.
    -Sí, sé he tú ato se averió, loge velo cuado golguia de mi caza en la ajueras.
    -Vaya… eso lo explica todo. Está bien señor me retiro, le he causado muchas molestias. Ingresé a la casa, por el arrasador frío que congelaba mi cuerpo.
    -¡No, epera! No te vayas, co esta vetisca. Moguirías en las ajueras, si intetas llega a pie hasta tu hoga, no vera e día e mañana.
    El cateto me habló con mucha sapiencia, pero conservando su pésimo hablar.
    -Bueno, tiene razón.
    -Siétese, póngase cómodo, enseguia guelvo con una taza he té caliente.
    El viejo campesino me trataba amablemente. Algo en mí, me advertía que esto no tenía buena pinta.
    Hice lo que me dijo, -me puse cómodo- algo que fue muy difícil porque las sillas de aquella casa eran realmente ajenas a un culo. Mientras este tipo raro, preparaba la bebida que le iba a dar calor a mi cuerpo, me encontraba nuevamente solo, con aquellas criaturas tan horrendas que estaban en la pared. Por muchas razones sabía que no estaban vivas -pero por otras razones- mi mente me jugaba una broma macabra, y en momentos pensé que aquellos trofeos habían vuelto a la vida. Sus ojos eran tan reales, sus bocas, hasta sus olores hacían dudar de sus muertes. Olores que no eran fúnebres sino más bien, olores de viveza indiscutible. Pero cuando estaba mirando detenidamente a estas bestias faltas de sus cuerpos -otra vez-, me sorprendió el dueño de casa. Parecía que este viejo se daba las mañas para aparecer de imprevisto y amedrentar con su presencia.
   -Aquí eta, senor-me dijo el viejo que rebalsaba en ignorancia.
   -Gracias.
    El té que tomé llenó de calor mi cuerpo, porque al parecer le había echado whisky, algo de lo que no me quejé en lo absoluto. En momentos de tal frío una bebida fuerte era lo que necesitaba para calentar mi cuerpo; que por poco estaba congelado.
    Una vez que estaba preparado para seguir batallando contra el frío de las afueras, le dije mis palabras de despedida al anciano, dado que esta situación de aislamiento en medio de una colina con un hombre tan extraño, y que en su casa tenía como trofeos bestias tan horrendas, no me incentivaba a ser amigo de nadie.
    -Estaba delicioso su té-le dije, con mucha educación-Pero debo irme señor.
    -¿A dónde te quieres ir?-me preguntó, con una voz rara y corrigiendo su lenguaje alborotado-¿No querrás abandonarme?   
    -Yo…sólo…
    -¡No, tú te quedarás!-su tono se elevó hasta el cosmos-¡Porque yo necesito algo tuyo!
    -¿Y qué es lo qué necesita de mí?-le pregunté cuajado y con voz trémula.
    -¡Tú cabeza!-gritó con una voz normal, que se deformaba en las corrientes del aire para convertirse en ronca y desordenada ante la audición humana.
     Tan sólo el extraño dijo esto y mis piernas corrían por sí mismas. Salí lo más rápido que pude de aquella casa infernal. Mientras que el señor de la rareza, me perseguía enardecido con una sed de sangre incontrolable.
    Corrí y corrí por la colina repleta de nieve, que imposibilitaba mi transitar y apaciguaba mi rapidez.
    Cuando ya me había alejado lo suficiente, pude notar que este hombre no seguía con la persecución. Y desde una posición lejana avisté, como aquella casucha era absorbida por un rayo color azul proveniente de los cielos brumosos; que lanzaba destellos hacia todas las direcciones. Y junto con ésta potencial energía de los cielos, el viejo cateto también era absorbido, pero lo que más extraño me resultó era, que aquel ser no sentía dolor alguno al ser llevado por los mismísimos cielos. Era como si él estuviese satisfecho por esto, era como si lo hubiesen venido a buscar sus cofrades, dioses o seres cercanos.
    Después de este acontecimiento hubo algo que atrajo mi curiosidad, esto fue un trozo de papel que al parecer se le había caído al anciano proveniente del cosmos. La hoja avejentada y húmeda por la nieve, decía algo en un lenguaje extraño y lo bastante aterrador como para que nadie quisiese leerlo. Pero entre un cóctel de letras vagas y desconocidas encontré un nombre que decía:-“acechator”. Nombre del que podía especular que significaba acechador, pero sólo el anciano tenía el conocimiento de su verdadero significado.
   Cuando terminé con aquel trozo de papel, me dirigí hacia mi hogar a pie. Tomé una neumonía, pero gracias a los dioses me recuperé.

    -Mi historia-, no es para cuerdos. Ya se la he relatado a mis hijos, sobrinos, hermanos y nietos. Y jamás me canso de hacerlo, porque desde ese día tan espantoso para mi alma, me cerciore de lo valiosa que es la vida. Y me di cuenta que fui ayudado por alguna entidad en aquellos momentos de cólera, ya que si no hubiese sido así, ahora estaría en la colección de trofeos de aquel ser tan desconocido ante la historia humana.
    Nunca supe quién era este hombre, nunca conocí su vida, amistades, nada. Pero de lo que sí siempre he estado más que convencido, es que no nos encontramos solos, en este esotérico mundo mortal. Lleno de misterios que aún no han sido resueltos, plagado de sucesos que van más allá de la razón humana.


Licencia Creative Commons
Volviendo al cosmos por Damian Fryderup se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en almascondenadas-df.blogspot.com.ar.

lunes, 19 de marzo de 2012

Arte del abismo

"Arte del abismo"

   Vídeo sobre pinturas y dibujos oscuros del autor Damian Fryderup. Espero sepan apreciar esto, como yo lo hago, cuando creo mundos.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El beso de las sombras


   Era mediodía y el sol hacía notar su digna presencia destellando hacia todas las direcciones posibles. Como era costumbre recién llegaba de mi arduo trabajo a mi  reconfortante hogar.
   Siendo un hombre careciente de familia, tenía que valerme de mis propias acciones. Todas las noches de mi vida, preparaba algo de comida, dejándola en una olla en el refrigerador, para que cuando llegase al otro día -después del trabajo-, sólo tuviese que introducir esta comida fría en el microondas y, -“problema solucionado”-.
    Nunca iba a contar con la suculenta comida de una mujer o con los gritos enardecidos de pequeños diablillos, como lo son los niños. Mi hogar, carecía enormemente de todo esto.
    Pero a pesar de ser un soltero que demostraba ser infeliz, -no lo era-. Me alejaba a leguas de ser una persona depresiva.
    Siempre me reconfortó ser todo un garañón. Tenía a la mujer que quisiese ante mis  pies. Y sin exagerar, tenía sexo todos los días de la semana, como los mismos dioses del Olimpo.
    Pero como servía para el sexo como un semental enardecido, no servía para formar una familia. Lo único que viajaba por mi mente era disfrutar con todas la mujeres posibles momentos íntimos. Y en ocasiones no venía mal emborracharme con amigos y  aspirar unas cuantas líneas de cocaína. Mi mentalidad era la un joven tarumba de unos veinte años, pero sólo mi mentalidad, porque mis años hacían notar que ya había vivido aquella época de juventud. En resumen, mi exótica vida era: “Sexo, drogas y rock and roll”
    Después de comer la suculenta y reconstituyente comida que había preparado; la noche anterior con mis grotescas manos varoniles. Decidí ponerme en trámite de revisar el buzón para ver si había llegado información de una noticia muy importante a la que aguardaba con impaciencia.
    Cuando revisé el buzón encontré, -la carta de la alegría-, que contenía la notica más gratificante.
    Esta carta me comunicaba, que prácticamente la casa de mis sueños estaba a un cercano alcance de mis manos. El precio que imponían sus dueños era lo bastante adecuado para mi escaso poder financiero.
    Pasaron dos semanas con la rapidez de una bala. Y ya me encontraba en mi nuevo hogar radiante, imponente, descomunal, excelso. Era la casa de mis sueños. Casa, que por cierto ya había estrenado sus habitaciones con unas deliciosas y vulgares putas que encontré en las cercanías.
    El jubiloso día se esfumó para darle el paso a la gran y sombría noche. Las nubes ocultaban a su reina luna y, las estrellas trataban de buscar huecos en las brumas de los cielos para mostrar su resplandor al imponente mundo mortal.
    Calculando con mi escasa mente deteriorada por las adicciones, podía deducir que eran las veinticuatro horas en punto.
    Como era un viernes por la noche y no tenía fiesta alguna, decidí ir a ver qué era lo que captaba en la burda televisión del nuevo y tecnológico mundo. Mientras me dirigía a la sala principal para ver la televisión, podía escuchar el viento de los exteriores. Un viento, que cada vez más y más ascendía, haciendo notar su presencia provocando a cualquier tipo de materia que lo retase. Las ráfagas de viento impactaban contra mi enorme caserón, haciendo que las persianas del segundo piso azotaran con  fuerza indescriptible. Y como si no fuera suficiente, las nubes que se habían puesto en complot para ocultar a la reina de los cielos, comenzaron a llorar lúgubremente para inundar la tierra de los hombres.
    Al sentir tales azotes por parte del viento contra mis persianas superiores, decidí ir al segundo piso, para poder cerrarlas. Después de ascender por las antiguas escaleras -que por cierto-, no emanaban ningún tipo de confianza enfilé, hacia el cuarto donde estaban abiertas las persianas. Mientras caminaba por el extenso e interminable pasillo, mis fieles oídos podían escuchar como impactaban las gotas de lluvia contra el techo de chapa de mi caserón.
    Una vez que me encontraba a sólo un cuerpo de la puerta del cuarto, pasó lo predecible e inevitable. La luz se esfumó como la bruma de las mañanas, dejándome en una oscuridad eterna. Una oscuridad, en la que podían danzar demonios dueños de la deformidad en mis narices y yo, no lo hubiese notado.
    Sin saber qué hacer, al no ver nada en los mantos de oscuridad, decidí aguardar en mi posición hasta que retornase la luz. Esperé un lapso considerable de tiempo y decidí ponerme en la piel de un ciego, para guiarme con el tacto escaleras abajo. Fui tanteando la pared y poco a poco lograba moverme en las sombras de mi casa. Lo que más rogaba antes de llegar hasta la escalera era, que volviese la radiante luz encargada de darle alegría a las noches tétricas que se adueñaban del entorno.
    Lentamente como un anciano deteriorado, -seguí caminando- sin separarme ni un instante de mi fiel amiga de las sombras, -“la pared”-. Pero aquí fue, cuando sucedió lo más extraño y a la vez aterrador.
    Sentí un beso, -con tanta fuerza- que hasta un ruido se hizo escuchar en aquella casa. Lo más sorprendente de esta situación era, que en esos momentos antinaturales, sentí como si el tiempo se hubiese detenido y a la vez asimilé un calor eterno; lo bastante excitante como para lograr  tener una erección.
    Movía mis dos largos brazos hacia todas las direcciones, como una persona cuando está aprendiendo a nadar. Todo esto con el propósito de tocar o golpear a la persona que me había besado con tanta pasión. Pero en ese ínterin de pelear con el aire, la luz volvió llenando de júbilo mi aterrorizante casa.
    Algo que me pareció infrecuente fue, que en aquellos momentos en los que retornó la luz,- también- cesó completamente la lluvia; y el viento que intentaba asediar mi hogar.
    Una vez que mis ojos volvían a distinguir los colores de mi entorno, me dispuse a buscar a la persona que me había dado tanto calor en momentos tan escalofriantes.
    Después de hacer un completo rastrillaje por mi caserón, no tuve éxito alguno en mi férrea búsqueda. Sin entender lo que había ocurrido, opté por ir al baño para lavarme la cara con el fin de quitar los demonios del pasmo que batallaban contra ella.
    Pero para agregarle un toque más de rareza a la situación cuando miré mi rostro en el espejo del botiquín pude notar que mi pómulo derecho tenía una especie de hematoma en forma de labio. Me di cuenta que no era pintalabios, porque en un intento de repugnancia pasé una y otra vez mi mano, con la combinación de mis mangas.
    El miedo y la intriga era algo que ya había construido un fuerte en mi mente. Pero en tal situación, lo único que podía hacer era intentar pegar un ojo, para seguir con mi búsqueda de respuestas que aún no había logrado encontrar.
    Decidí ir a dormir en el sofá con la tv encendida -al igual que las luces-. Y sin darme cuenta cuando apoyé mi grotesca cabeza contra la almohada; que había desplazado allí para tener un dormir más relajante. Desperté en un nuevo y radiante día, que venía acompañado por los rayos ultravioletas del imponente sol.
    Preparé un desayuno rápido para engañar a mi voraz estómago. Luego decidí leer una revista porno que tenía unas mujeres lo realmente deliciosas como para deleitarte en una noche.
    Mientras estaba babeando por los culos de la revista, mi teléfono móvil sonó de manera adecuada para que mis oídos lo escucharan. Aún hipnotizado por las musas de la revista, tardé un poco en atender y cuando lo hice escuché la voz del hombre con el que había hecho el negocio por la casa.
    -¡Hola!-dijo.
    -Hola.
    -Disculpe… señor Mario.
    -No es para disculparse ¿Dígame usted qué es lo que necesita?
    -Sólo quería avisarle, que el lunes deberá estar a primera hora en mi oficina.
    -Bien ¿pero por qué?-le pregunté atónito.
    -Porque olvidó firmar un papel.
    -¿Qué papel?
    -Es una hoja que impusieron sus antiguos dueños.
    -¿Y de qué trata?-pregunté estupefacto.
    -Es… sólo una estupidez, de esos viejos desquiciados-me dijo, como calmándome con anticipación.
    -¿Qué tipo de estupidez?
    -Esta hoja, trata de un tema un tanto gracioso. Los dueños quieren que usted firme, para poder librarse de cualquier problema con la casa, a pesar de que ya sea suya.
    -¿Es que… acaso debería temer por algo?-le pregunté con pavor-¿Señor Faldo?
    -“Supuestamente” la casa que usted ha comprado es habitada por una especie de ánima que vaga en la oscuridad. Dicen… que hace unos veinte años, una joven murió en su hogar ahorcada. Según lo que se cuenta, este suicidio fue por la simple razón que mueve nuestros corazones. Su único novio la abandonó por una golfa. Y por eso, tomó la decisión extrema de suicidarse. Pero no se preocupe por esto, señor Mario, son sólo historias de mierda que cuenta gente de mierda.
    Cuando me dijo esto, el tiempo se  paralizó en cuestión de segundos. Mi corazón latía de tal manera que parecía que se quería escarpar de mis entrañas. La piel de mi cuerpo se había puesto de forma pétrea. Las lágrimas en mi rostro se hacían notar cayendo desde mis ojos y convirtiéndose en cascadas para llegar hasta mi mentón y luego unirse con los aires turbios de aquella casa.
    Cuando escuché toda esta historia, mi mente trabajó con mucha  potencia y pude darme cuenta, que el beso que había recibido la noche anterior había sido de ella, una mujer que murió por amor, una mujer que a pesar de estar muerta podía hacer pasar momentos de calor a cualquier hombre.
    Mi rostro, hasta el día de hoy, después de que aquella noche recibiera el beso del amor eterno. Se ha marchitado poco a poco, convirtiéndome en un ermitaño de la deformidad. Muchos creen que soy un monstruo, otros, hasta piensan que soy el mismo diablo. Pero yo y sólo yo, sé que mi castigo físico, que me ha convertido en lo que soy, se debe  aquel beso de las sombras. Un beso que al darme tanto amor y calor, también pudo darme un odió y una frialdad indiscutible.


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El beso de las sombras por Damian Fryderup se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported.
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