miércoles, 7 de marzo de 2012

El beso de las sombras


   Era mediodía y el sol hacía notar su digna presencia destellando hacia todas las direcciones posibles. Como era costumbre recién llegaba de mi arduo trabajo a mi  reconfortante hogar.
   Siendo un hombre careciente de familia, tenía que valerme de mis propias acciones. Todas las noches de mi vida, preparaba algo de comida, dejándola en una olla en el refrigerador, para que cuando llegase al otro día -después del trabajo-, sólo tuviese que introducir esta comida fría en el microondas y, -“problema solucionado”-.
    Nunca iba a contar con la suculenta comida de una mujer o con los gritos enardecidos de pequeños diablillos, como lo son los niños. Mi hogar, carecía enormemente de todo esto.
    Pero a pesar de ser un soltero que demostraba ser infeliz, -no lo era-. Me alejaba a leguas de ser una persona depresiva.
    Siempre me reconfortó ser todo un garañón. Tenía a la mujer que quisiese ante mis  pies. Y sin exagerar, tenía sexo todos los días de la semana, como los mismos dioses del Olimpo.
    Pero como servía para el sexo como un semental enardecido, no servía para formar una familia. Lo único que viajaba por mi mente era disfrutar con todas la mujeres posibles momentos íntimos. Y en ocasiones no venía mal emborracharme con amigos y  aspirar unas cuantas líneas de cocaína. Mi mentalidad era la un joven tarumba de unos veinte años, pero sólo mi mentalidad, porque mis años hacían notar que ya había vivido aquella época de juventud. En resumen, mi exótica vida era: “Sexo, drogas y rock and roll”
    Después de comer la suculenta y reconstituyente comida que había preparado; la noche anterior con mis grotescas manos varoniles. Decidí ponerme en trámite de revisar el buzón para ver si había llegado información de una noticia muy importante a la que aguardaba con impaciencia.
    Cuando revisé el buzón encontré, -la carta de la alegría-, que contenía la notica más gratificante.
    Esta carta me comunicaba, que prácticamente la casa de mis sueños estaba a un cercano alcance de mis manos. El precio que imponían sus dueños era lo bastante adecuado para mi escaso poder financiero.
    Pasaron dos semanas con la rapidez de una bala. Y ya me encontraba en mi nuevo hogar radiante, imponente, descomunal, excelso. Era la casa de mis sueños. Casa, que por cierto ya había estrenado sus habitaciones con unas deliciosas y vulgares putas que encontré en las cercanías.
    El jubiloso día se esfumó para darle el paso a la gran y sombría noche. Las nubes ocultaban a su reina luna y, las estrellas trataban de buscar huecos en las brumas de los cielos para mostrar su resplandor al imponente mundo mortal.
    Calculando con mi escasa mente deteriorada por las adicciones, podía deducir que eran las veinticuatro horas en punto.
    Como era un viernes por la noche y no tenía fiesta alguna, decidí ir a ver qué era lo que captaba en la burda televisión del nuevo y tecnológico mundo. Mientras me dirigía a la sala principal para ver la televisión, podía escuchar el viento de los exteriores. Un viento, que cada vez más y más ascendía, haciendo notar su presencia provocando a cualquier tipo de materia que lo retase. Las ráfagas de viento impactaban contra mi enorme caserón, haciendo que las persianas del segundo piso azotaran con  fuerza indescriptible. Y como si no fuera suficiente, las nubes que se habían puesto en complot para ocultar a la reina de los cielos, comenzaron a llorar lúgubremente para inundar la tierra de los hombres.
    Al sentir tales azotes por parte del viento contra mis persianas superiores, decidí ir al segundo piso, para poder cerrarlas. Después de ascender por las antiguas escaleras -que por cierto-, no emanaban ningún tipo de confianza enfilé, hacia el cuarto donde estaban abiertas las persianas. Mientras caminaba por el extenso e interminable pasillo, mis fieles oídos podían escuchar como impactaban las gotas de lluvia contra el techo de chapa de mi caserón.
    Una vez que me encontraba a sólo un cuerpo de la puerta del cuarto, pasó lo predecible e inevitable. La luz se esfumó como la bruma de las mañanas, dejándome en una oscuridad eterna. Una oscuridad, en la que podían danzar demonios dueños de la deformidad en mis narices y yo, no lo hubiese notado.
    Sin saber qué hacer, al no ver nada en los mantos de oscuridad, decidí aguardar en mi posición hasta que retornase la luz. Esperé un lapso considerable de tiempo y decidí ponerme en la piel de un ciego, para guiarme con el tacto escaleras abajo. Fui tanteando la pared y poco a poco lograba moverme en las sombras de mi casa. Lo que más rogaba antes de llegar hasta la escalera era, que volviese la radiante luz encargada de darle alegría a las noches tétricas que se adueñaban del entorno.
    Lentamente como un anciano deteriorado, -seguí caminando- sin separarme ni un instante de mi fiel amiga de las sombras, -“la pared”-. Pero aquí fue, cuando sucedió lo más extraño y a la vez aterrador.
    Sentí un beso, -con tanta fuerza- que hasta un ruido se hizo escuchar en aquella casa. Lo más sorprendente de esta situación era, que en esos momentos antinaturales, sentí como si el tiempo se hubiese detenido y a la vez asimilé un calor eterno; lo bastante excitante como para lograr  tener una erección.
    Movía mis dos largos brazos hacia todas las direcciones, como una persona cuando está aprendiendo a nadar. Todo esto con el propósito de tocar o golpear a la persona que me había besado con tanta pasión. Pero en ese ínterin de pelear con el aire, la luz volvió llenando de júbilo mi aterrorizante casa.
    Algo que me pareció infrecuente fue, que en aquellos momentos en los que retornó la luz,- también- cesó completamente la lluvia; y el viento que intentaba asediar mi hogar.
    Una vez que mis ojos volvían a distinguir los colores de mi entorno, me dispuse a buscar a la persona que me había dado tanto calor en momentos tan escalofriantes.
    Después de hacer un completo rastrillaje por mi caserón, no tuve éxito alguno en mi férrea búsqueda. Sin entender lo que había ocurrido, opté por ir al baño para lavarme la cara con el fin de quitar los demonios del pasmo que batallaban contra ella.
    Pero para agregarle un toque más de rareza a la situación cuando miré mi rostro en el espejo del botiquín pude notar que mi pómulo derecho tenía una especie de hematoma en forma de labio. Me di cuenta que no era pintalabios, porque en un intento de repugnancia pasé una y otra vez mi mano, con la combinación de mis mangas.
    El miedo y la intriga era algo que ya había construido un fuerte en mi mente. Pero en tal situación, lo único que podía hacer era intentar pegar un ojo, para seguir con mi búsqueda de respuestas que aún no había logrado encontrar.
    Decidí ir a dormir en el sofá con la tv encendida -al igual que las luces-. Y sin darme cuenta cuando apoyé mi grotesca cabeza contra la almohada; que había desplazado allí para tener un dormir más relajante. Desperté en un nuevo y radiante día, que venía acompañado por los rayos ultravioletas del imponente sol.
    Preparé un desayuno rápido para engañar a mi voraz estómago. Luego decidí leer una revista porno que tenía unas mujeres lo realmente deliciosas como para deleitarte en una noche.
    Mientras estaba babeando por los culos de la revista, mi teléfono móvil sonó de manera adecuada para que mis oídos lo escucharan. Aún hipnotizado por las musas de la revista, tardé un poco en atender y cuando lo hice escuché la voz del hombre con el que había hecho el negocio por la casa.
    -¡Hola!-dijo.
    -Hola.
    -Disculpe… señor Mario.
    -No es para disculparse ¿Dígame usted qué es lo que necesita?
    -Sólo quería avisarle, que el lunes deberá estar a primera hora en mi oficina.
    -Bien ¿pero por qué?-le pregunté atónito.
    -Porque olvidó firmar un papel.
    -¿Qué papel?
    -Es una hoja que impusieron sus antiguos dueños.
    -¿Y de qué trata?-pregunté estupefacto.
    -Es… sólo una estupidez, de esos viejos desquiciados-me dijo, como calmándome con anticipación.
    -¿Qué tipo de estupidez?
    -Esta hoja, trata de un tema un tanto gracioso. Los dueños quieren que usted firme, para poder librarse de cualquier problema con la casa, a pesar de que ya sea suya.
    -¿Es que… acaso debería temer por algo?-le pregunté con pavor-¿Señor Faldo?
    -“Supuestamente” la casa que usted ha comprado es habitada por una especie de ánima que vaga en la oscuridad. Dicen… que hace unos veinte años, una joven murió en su hogar ahorcada. Según lo que se cuenta, este suicidio fue por la simple razón que mueve nuestros corazones. Su único novio la abandonó por una golfa. Y por eso, tomó la decisión extrema de suicidarse. Pero no se preocupe por esto, señor Mario, son sólo historias de mierda que cuenta gente de mierda.
    Cuando me dijo esto, el tiempo se  paralizó en cuestión de segundos. Mi corazón latía de tal manera que parecía que se quería escarpar de mis entrañas. La piel de mi cuerpo se había puesto de forma pétrea. Las lágrimas en mi rostro se hacían notar cayendo desde mis ojos y convirtiéndose en cascadas para llegar hasta mi mentón y luego unirse con los aires turbios de aquella casa.
    Cuando escuché toda esta historia, mi mente trabajó con mucha  potencia y pude darme cuenta, que el beso que había recibido la noche anterior había sido de ella, una mujer que murió por amor, una mujer que a pesar de estar muerta podía hacer pasar momentos de calor a cualquier hombre.
    Mi rostro, hasta el día de hoy, después de que aquella noche recibiera el beso del amor eterno. Se ha marchitado poco a poco, convirtiéndome en un ermitaño de la deformidad. Muchos creen que soy un monstruo, otros, hasta piensan que soy el mismo diablo. Pero yo y sólo yo, sé que mi castigo físico, que me ha convertido en lo que soy, se debe  aquel beso de las sombras. Un beso que al darme tanto amor y calor, también pudo darme un odió y una frialdad indiscutible.


Licencia Creative Commons
El beso de las sombras por Damian Fryderup se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en almascondenadas-df.blogspot.com.

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