jueves, 5 de julio de 2012

Alaridos de la tumba


    La sala plagada de luces imponentes, estaba colmada de personas estudiosas o eruditos contemporáneos que algún día llegarían a la inmortalidad por medio de sus experimentos u obras condecoradas. Había alrededor de trescientas personas, la mayoría eran hombres-sólo un dos por ciento de los concurrentes eran mujeres-. Seguramente esto se debía a que el año que transcurría era una época donde el sexo débil no tenía mucha reputación entre los hombres, o mejor dicho donde el machismo reinaba.
   “Lisandro Jhub” había esperado todo un año para que este glorioso día llegase a las puertas de su destino. Este hombre era un científico de poco renombre-pero él- estaba más que seguro que sería galardonado aquella noche. Todo indicaba que este mediocre hombre, pensaba de manera abundante-quizá por eso era científico- algo que muchas veces condenaba a los mismos, haciéndoles creerse dioses, para luego caer de sus gases estelares. Lisandro sabía que tenía competencia y cuando se hablaba de competencia no era por alardear, realmente había eruditos de renombre en aquella sala. Desde químicos y matemáticos-ya- galardonados hasta físicos y astrónomos de tal nivel que habían conseguido premios de ciencia como: “Hispano ciencia” “H.P.N” o los tan conocidos premios de la época, “Scientia”. En muchas ocasiones sólo premios abundantes en popularidad y elevadores de moral, para personas de autoestima baja. En la mayoría de los casos, los ganadores de los premios eran científicos que habían robado ideas de otros eruditos. Parecía ser que la guerra no sólo era física sino que también era mental y hasta muchas veces tan obsesiva que era de temer.

    La mayoría de los que se encontraban en la entrega de premios se habían hecho con algún reconocimiento. Pero Lisandro junto con algunos otros estultos eruditos; estaba con sus manos vacías de condecoraciones. Este hombre había sentido el oprobio en carne propia tras haber comprobado que era un fiasco como científico y que su mente era comparada con la de una retrógrada o –mucho peor- con la de un simio.
   Ya nada podría cambiar aquella trágica noche para Lisandro y al cabo de tres horas todo había concluido. Con sus manos completamente vacías, sólo llevando sus simples microbios en ellas, se dispuso a huir de aquella pesadilla. A escapar de lo que tanto temía. Este hombre había nacido con sueños de triunfador -pero sólo con ellos-, porque lo demás de él era sólo carne sin sentido que jamás pasaría a la trascendencia.
    Su esposa lo esperaba junto a su pequeña hijita de dos años,-seguramente con alguna comida exquisita-. Pero Jhub no tenía planes de llegar temprano aquella gélida noche de invierno. En lo único que pensaba este abatido hombre era en hundirse en tragos de alcohol severamente fuertes, para olvidar sus fracasos constantes en la vida. Lisandro no pensaba tanto en su mujer e hija, sólo tenía en mente ganar algo; como hombre de ciencia. Quizá este desprecio hacia lo carnal era su castigo como erudito fracasado, puesto que muchas veces la ciencia le secaba el alma y lo enceguecía convirtiéndolo en una bestia.

    La noche estaba despejada, las estrellas se hallaban ponientes en el firmamento-al igual que la enorme y llena, luna-. Jhub se dirigió al estacionamiento para buscar su anticuario vehículo de dos puertas; que lo conduciría hasta el bar más próximo.
   En un ínterin, el intento de científico llegó hasta el automóvil y en cuestión de segundos tras recorrer las calles se topó con un extraño bar nocturno. Por lo general el mundo de la noche era bastante excepcional, pero en este caso Lisandro comprobó que las cosas ominosas reinaban por  los albores de la ciudad. Por alguna razón avistó un bar de lo más inmundo y por miles de razones más decidió bajar a beber algo allí. Lisandro vivía en un pueblo a pocos kilómetros de la ciudad -con más exactitud- en un enorme campo prácticamente aislado, pero con cierta tranquilidad necesaria para concentrarse en sus teorías y experimentos fallidos.
    En muchas ocasiones pensó-¿Quizá me maten en este sitio?-, -¿Pero a quién mierda le importaría un fracasado total?-. Tras dejar aquellos pensamientos de autocorrección y depresión constante, estacionó en un callejón sin salida que estaba habitado por un mendigo y una jauría de perros sarnosos y plagados de otros parásitos. Cuando dejó su coche allí, con la idea de que al estar escondido no se lo robaría nadie, el anciano mendigo que dormía en el húmero suelo del callejón dejó sus cartones que lo arropaban contra el frío y lo miró detenidamente.
    Lisandro sintió el miedo fluir por sus entrañas y un extraño sonido gutural proveniente del viejo terminó por convencerlo de que los engendros vagaban por las noches.
    -Señor-le dijo el anciano.
   Y Jhub trató de huir de él dejando como un estulto el auto que lo movilizaría hasta su hogar. Aligeró sus pasos, pero el anciano lo siguió. Sin dudas el viejo era de lo más esotérico y aquella noche ominosa servía de aliada para el vejestorio putrefacto.
    -¡Espere!-el viejo le gritó.
   Y esta vez Lisandro se detuvo, dejando emerger desde su interior el poco hombre que era.
   -¿Qué quieres?-exclamó.
   Y el cateto e incapacitado viejo lo miró fijo a los ojos y le dijo.
   -Toma esto.
   El viejo llevó su marchita mano hasta el interior de su carcomido abrigo y tomó una hoja húmeda y con algunas manchas verdes. Pero Jhub no comprendía nada de aquella situación.
  -¿Qué es esto?-le preguntó perplejo.
  -Sólo tómalo.
  -¿Por qué debería?-Lisandro le preguntó.
  -Has rechazado muchas oportunidades. No rechaces esta.
  -¿De qué hablas?
  -Sólo toma la hoja-le insistió.
   Jhub lo miró con asco y estiró su mano hasta la hoja que portaba el viejo. Cuando atrapó aquel papel asqueroso sintió un tufo horrible, como si este viejo tuviese una camionada de hediondez dentro de su abrigo.
   Lisandro sabía que toda esta situación era para alguna persona careciente de cordura, y no para él. Pero también presagiaba que este anciano le traería la gloria-o la misma perdición-.

    Una vez que el viejo mendigo le entregó el papel se retiró hacia las penumbras de la noche, junto a sus fieles canes que berreaban constantemente al ver a Jhub. Estos perros parecían engendros del mismo erebo, no porque tuviesen aquel aspecto cadavérico, sino que sus ojos eran tan extraños y sus expresiones hacían recordar a demonios de fiestas paganas de auge ceremonial.
   Sólo la noche había sido testigo del pacto inconcluso que había realizado Lisandro Jhub con aquel mendigo anciano, que le había otorgado una simple hoja sucia y húmeda.  
    Después de que Jhub fuese intérprete del hecho más extraño de la noche, se retiró a su hogar. Olvidando su pena de ahogarse en alguna bebida alcohólica.
    Cuando ya iba por la carretera camino a casa, pensó detenidamente en aquella nota. Puesto que al recibirla sólo la guardó en la guantera del coche para dejarla en el olvido-creyó-, (“todo esto debe ser algún juego de aquel viejo desaliñado”)                   -¿Qué escrituras prohibidas podría llegar a contener el papel?-. Lisandro se puso en un plano nulo, pero a la vez de intriga. Por muchas razones comprendía que todo esto no tenía nada que ver con la ciencia y por otras tantas razones más, sabía que este viejo no era humano, o al menos parecía no pertenecer a la raza contemporánea.
    Miles de voces provenientes de su conciencia le recitaban canciones para que abriese la guantera y tomase aquella hoja. Pero Jhub era un hombre seco y difícil de persuadir. Lo único que hacía era hablarse así mismo, mientras conducía por la ruta asediada por árboles que parecían alzarse a la luz de la luna, -y peor aún- que emitían sonidos con similitud a canciones que se componían al compás del gélido viento invernal que azotaba al mundo.

    Tras media hora de viaje hacia la sección rural de la zona, Lisandro, había llegado hasta su hogar. Y su cabeza estaba a punto de estallar, sin haber bebido una gota de alcohol, (todo se debía a los deseos indómitos por leer aquella hoja húmeda y putrefacta).
    Cuando Jhub bajó del vehículo no pudo controlar su curiosidad y abrió la guantera para tomar la hoja marchita que le había propiciado el viejo extraño. La apretó tan fuerte con su mano derecha, que el papel se arrugó de tal manera que nada de lo que contenía podía ser leído.
   Eran aproximadamente las tres de la madrugada, ya para esto su esposa e hija estaban durmiendo juntas en la cama matrimonial-seguramente- con un miedo atroz por la ausencia del protector del hogar. Jhub entró cautelosamente a la casa para no irrumpir los sueños de sus musas indefensas.
     Este hombre estaba más que nervioso, por razones que él mismo desconocía. Todo por una simple nota, insulsa, hedionda, arrugada y con un aspecto de antiquísima calidad.
    Lisandro arrimó una silla a la mesa principal del comedor y se sentó, sin dejar de lado aquella hoja ominosa. La única luz en toda la casa era la de la estufa principal, que se encargaba tenuemente de iluminar un radio diminuto de visión. Jhub decidió ir por una vieja linterna, que estaba en el cajón de utensilios del aparador principal del comedor. No quería para nada que su esposa e hija despertasen en medio de aquella horrible noche de malos tratos hacia la mente. Lisandro pensó, que si prendía alguna luz de la casa su mujer despertaría de inmediato-por lo general- era del tipo de persona que parecía percibir cuando había luz en la noche; además la pequeña Aghan despertaría, al sentir a su madre exaltada.
   Una vez que Lisandro consiguió la tan preciada herramienta que daba luz, volvió hasta la mesa para romper sus barreras de cordialidad y leer aquella nota ominosa.

   En un despiadado intento por leer aquella cosa de papel ilegible, tuvo vagos recuerdos de su infancia; como cuando quería dar vida a los insectos que asesinaba. Muchas veces, con la absurda idea de que sus almas volverían a los cuerpos marchitos para reconstruirlos y dejarlos como eran en vida. La mayoría de las veces Lisandro, rociaba con alcohol etílico a pequeños escarabajos para luego arrojar un fosforo y dejar que las llamas consumiesen a la pobre e indefensa criatura que le tocase la muerte. Esto daba a comprender que Jhub servía para ser científico puesto que toda esta maña para torturar era propia de un hombre frío, pero lo que dejaba en duda su escepticismo como erudito era el creer en la complejidad del alma de cualquier ser vivo. Algo que no iba de la mano con ningún estudioso que tuviese una teoría comprobada y difundida como contemporánea.
    Tras leer detenidamente la hoja húmeda y hedionda que le había dado el viejo mendigo, pudo encontrar entre un rejunte de letras dispersas un nombre legible. Que decía: -“Homonabis”-. Y se encontraba en la parte inferior de un esotérico dibujo de formas humanoides. Era una figura enorme y con brazos, piernas, cabeza y hasta manos y pies que se notaban como pequeñas rayas que sobresalían de cada extremidad. Pero lo que más arrebató parte de la poca cordura que le quedaba a Jhub fue, que en cada extremidad del cuerpo representado –como, dibujo- había escrituras en un idioma arcaico e irreconocible para cualquier humano. Todo indicaba que la hoja que poseía Lisandro en aquellos momentos era, una especie de receta o hechizo para crear algún ser con similitud a un humano promedio.
  
    El sol ya estaba a punto de emerger por el horizonte y Lisandro Jhub había estado toda la madrugada tratando de entender aquella hoja. Para su desgraciada suerte comprendió de qué trataba, todo el contenido de aquel papel pestilente. El significado de la hoja era realmente aterrador, puesto que con algún vago castellano y un poco de latín mezclado con idiomas estelares aún sin descubrir por la humanidad, Jhub, pudo sacar una receta para crear un “acompañante”. Lo que decía aquella nota era que se podía crear una especie de fiel adepto compuesto por carne. Habían algunos ingredientes que componían esta creación como: restos humanos, hojas de manzano quemadas, aceite negro, cabellos de retoño humano, sangre del creador y por último algo que no tenía nada de parecido a un ingrediente. La parte final para crear al adepto era sacrificar algún animal en estado de inicio-es decir- en palabras terrenales -alguna cría-, de cualquier ser con inocencia. Todo esto parecía sacado de un libro de magia vudú. Lisandro sabía que estaba descendiendo con aquellos conocimientos abismales y comprendía que ya nada sería igual desde el momento en que iniciase aquel macabro acto para crear un fiel.
    Después de haber comprendido que la magia negra existía, el fracasado científico había decidido dormir en el sillón de la sala principal. El día que había tenido no había sido gratificante y la noche en la que comprendió sobre cómo crear otro ser por medio de cosas tan macabras, hacía pensar que el infierno era un hecho para él.

   Lisandro se había sumergido en un mundo de pesadillas, una vez que pegó sus dos ojos. Se encontraba en un pasillo reducido e intentaba correr con todas sus fuerzas, pero nada parecía funcionar. Mientras más se esforzaba más acompasado transitaba aquella demoniaca visión onírica. Pero como si todo fuese tan extraño en aquella pesadilla, cuando intentaba correr, las paredes del lugar comenzaban a chorrear sangre -tan viscosa- que parecía estar coagulada. Y lo último que completó la macabra pesadilla fue un horrible grito de su pequeña hija, que se elevaba cada vez más hasta que se convirtió en un alarido tan horrible, que parecía un cerdo siendo asesinado en el matadero.
    Después del grito horripilante de su pequeña hija, Lisandro despertó exaltado y con su nariz chorreando sangre. Además sus ojos estaban empapados de lágrimas y de su boca salía una espesa y espumosa saliva tibia. Sin vacilar se levantó de inmediato y se dirigió al lavamanos para quitar su sangre, lágrimas y saliva. Una vez que se encargó de esto enfiló presurosamente hasta la habitación matrimonial para dar con sus dos musas, pero en un intento fallido no las encontró. Luego con una desesperación más elevada fue a buscarlas hasta la cocina y para su enorme sorpresa, se hallaban allí; comiendo algunas tostadas con mermelada casera, que solía preparar la suegra de Jhub.
    -¡Aquí están!-exclamó Lisandro.
   Y cuando lo hizo su esposa pudo notar que su rostro estaba pálido y húmedo por la transpiración que lo corrompía, después de haber despertado de aquella pesadilla infrecuente.
   -¿Qué te sucedió?-le preguntó su mujer.
   -Nada…
   -¿Cómo que nada?
   -Estoy bien, Crisma.
   -Tu rostro se ve fatal.
   -Es sólo el estrés. Y la decepción…
   -¿Decepción?
   -Sí.
   -Estás, raro Lisandro.
   -Si tú lo dices.
   -Quien más, si no.
   -Mejor no hablemos de esto.
   -Tienes razón.
   Su mujer dibujó una sonrisa en su rostro, se levantó de la mesa para acercarse hasta él y le sobó el hombro derecho. Jhub sintió el calor de la mano de su musa y se dio cuenta que eso era algo impagable, y que él siempre había despreciado. Siempre, pensaba en ganar algún premio en conseguir ser el mejor, en convertirse en alguien famoso. Pero nunca pensaba en el amor de sus dos hermosas mujeres.
   -¿A qué hora llegasteis Lisandro?- le preguntó su conyugue.
   -Creo que a las dos de la madrugada. No, logro recordar nada de anoche.
   -¿Estuvisteis bebiendo?-su esposa, le preguntó con un tono de voz tajante.
   -Creo… que sí. No, recuerdo nada de anoche.
   -Tú sabes que me irrita demasiado cuando bebes.
   -Lo sé.
   -Lo sabes. Pero igual lo sigues haciendo.
   -Es qué en realidad no sé si anoche bebí.
   Ella se acercó más hasta la boca de Lisandro y lo olfateo, como lo hace una madre cuando llega su hijo de alguna fiesta nocturna.
   -No, tienes olor a alcohol.
   -Eso es lo que te estoy tratando de explicar. Anoche no bebí. Pero tampoco recuerdo nada.
   -¿Sigues con esas pesadillas?
   -¿Cuáles pesadillas?-Jhub le preguntó estupefacto.
   -¿No recuerdas?
   -No.
   -Hace dos meses, después de que llegaras de la entrega de los premios de ciencia. Comenzasteis con severas pesadillas. Sobre tú, corriendo por un extenso pasillo cubierto de sangre.
   -Acabo de tener ese mal sueño. Pero es la primera vez que me pasa...
   -Lisandro. Por favor… déjate ya de chistes. Ya más de un mes que tienes esas pesadillas.
   -¿Qué?
   -¡Bueno ya basta!-exclamó su esposa.
   -No sé de qué me hablas.
   -Será mejor que sigas con tu trabajo.
   -¿De qué hablas?
    Lisandro se encontraba perturbado y desconcertado, no lograba comprender ni una palabra de lo que decía su esposa. Era como si desde aquella noche en la que había leído la hoja hedionda, no recordase nada, y como si hubiesen pasado meses desde entonces.
   -Te estás volviendo loco. Por tanto trabajo.
   -¿Dónde está todo mi trabajo?
   -¡Por dios! En el sótano Lisandro. Estás completamente lunático desde que ganasteis ese premio, y te contrató esa empresa.
    Jhub sabía que no debía seguir preguntando nada más a su concubina, dado que esto implicaría un daño enorme en su relación como esposo. Lisandro estaba comprendiendo que nada era igual desde aquella noche que se recostó; y de la cual no había logrado recordar nada. Lo único que debía hacer era seguirle el juego a su esposa, para no alarmar a su pequeña hija y dirigirse raudo hasta el sótano.
   -Sólo bromeo-le dijo con la mayor de la hipocresía a su esposa.
   -Eso espero. Lisandro.
   -Voy a seguir trabajando. Nos vemos por  la noche.
  -Espero que cuando termines con tu trabajo nos dejes entrar en el sótano.
   -Claro. No tengo nada que esconder.
   -¿Pero qué tienes Lisandro? Siempre nos das escarmientos a mí y a tu hija por querer husmear en el sótano.
   -No tengo nada que esconder, bajo la manga-lanzó un pequeño chiste-Sólo escondo cosas en el sótano.
   Jhub trataba de mejorar su perplejidad con la situación y se amoldaba a la nueva y adelantada vida que vivía en aquellos momentos. Muchas veces-pensó- que todo era un maldito sueño y que nada era lo que parecía ser.
   -Voy hacia abajo. Nos vemos por la noche. Las quiero a las dos.
   -Nosotras también. Pero si sigues actuando así de extraño tendré que internarte en un hospital para dementes. Dicen que el Lewinsthon es uno de los mejores.
   -Claro. Sobre todo por los cinco doctores que mataban dementes para realizar experimentos.
   -Lisandro. No asustes a tu hija con esas historias.
   -Tienes razón. Mejor me voy.
    Después de terminar con la extensa conversación con su esposa, Jhub enfiló rápidamente hasta el sótano. Cuando llegó hasta la puerta de su guarida abismal notó que estaba con llave y esto fue algo que culminó su incertidumbre, de qué mierda pasaba en toda su vida. Pero tras palpar sus dos bolsillos encontró una llave oxidada; pero útil. Una vez que abrió su sector de trabajo se sumergió en un mundo de lo más tétrico e incomprensible. Mientras bajaba las escaleras del sótano podía ver el panorama horrible que tenía aquel lugar. Las velas postradas en estantes emitían luces tenues, la hediondez de aquel sitio corrompía sus fosas nasales y los restos de carne humana y  sangre seca del suelo eran de lo más horrible para su vista. Lisandro llegó a pensar que era un maldito asesino en serie con graves trastornos psicológicos y que no recordaba nada después de asesinar a sus víctimas. Pero mientras más husmeaba en su zona laboral, más comprendía que su trabajo no consistía en quitar vidas sino que trataba en dar vida. No se basaba en una teoría retrograda de revivir humanos, ni mucho menos de reanimarlos como viejos relatos de autores de nivel. Lisandro daba vida, creaba razas, animales o lo que fuese que eran las pequeñas alimañas que estaban encerradas en diminutas jaulas, bajo estantes repletos de papeles cargados de símbolos paganos y letras ominosas. Algo que también arrebató el alma de Lisandro fueron los incontables frascos con ingredientes que tenía en aquel sótano.
 
    Jhub sabía que todo esto era un enorme logro para la ciencia, pero también tenía conocimiento de que todo lo creado en aquel sótano no tenía nada relacionado con la misma. La magia negra y los nombres extraños emergían desde las sombras para conceder la sabiduría al científico que aún no comprendía cómo había logrado ganar aquel premio. Lisandro recordaba que el premio científico  de aquella noche era el mismo que había perdido en otra vida -o sueño quizá-, pero también sabía que este era el mejor momento de su austera vida.
   Una vez que se adaptó a su macabro pero revolucionario sitio de trabajo, pudo ver con claridad cuál era su enorme proyecto. Había unas cortinas corredizas de color blanco manchadas con tierra y sangre, y tras ellas una enorme camilla que portaba un cuerpo humano (o al menos eso parecía a simple vista). Lisandro se acercó hasta la abominación y pudo notar un engendro que era un rejunte de extremidades de muchas bestias. Con patas de becerro, manos de gorila, torso humano y rostro; pero de aspecto juvenil. Una creación jamás presenciada por un hombre, ni mucho menos, por un científico.
    Jhub ya sabía que panorama era el de su nueva vida, y ahora comprendía por qué no quería que nadie ingresase en aquel sótano donde las creaciones aberrantes eran el espectáculo principal.

   Después de ponerse al día con todas las hojas y libros sobre anatomía, y hechizos oscuros. Lisandro encontró un papel húmedo y hediondo que tenía un boceto de un humanoide que decía: -“Homonabis”-. Ahora, todos los recuerdos lo estaban asediando, su mente estaba a punto de estallar y por fin había recordado una parte de su pasado-la nota del anciano putrefacto del callejón, el viejo que era acompañado por una jauría de canes infernales-, todo estaba más que claro sin haber recordado gran parte de su pasado. Lisandro sabía que desde el día que leyó aquel papel en la noche gélida de invierno, un mar de conocimientos oscuros había caído sobre él. Y seguramente había logrado cambiar los caudales del tiempo para arreglar su vida. El anciano le había dicho que no podía rechazar la oportunidad que le daba, pero Jhub se preguntaba a sí mismo-¿qué oportunidad? ¿Es qué acaso esto no es una condenación de mis propios impulsos? ¿Cómo puede ser una condenación, si esto es lo que te ha hecho famoso? ¿La fama es algo importante? ¿Y estos engendros que he creado? ¿De qué abismal conciencia emergen y surgen de mi mente?-. Todo lo que su mente le preguntaba era algo sin respuesta, todo era algo que sólo el existir lo predicaba, pero no lo predecía. Lisandro atravesaba un momento difícil, y olfateaba su condenación. Por muchas razones sabía que todo esto no era algo bueno y que la vida sólo era entregada por los reyes del cosmos y los príncipes de los abismos.

    Ya sabiendo que toda su nueva vida se debía a la magia oscura de aquella hoja  que le fue otorgada la gélida noche invernal, Lisandro, emprendió viaje a los mundos más oscuros de los restos de un libro de magia arcana que estaba postrado sobre una mesa en aquel sótano macabro. Allí podía comparar sus notas personales con las notas de otros investigadores. Y en muchas de las hojas se nombraba un libro de magia abismal, un libro innombrable por muchas religiones, un grimorio anhelado por sectas en todo el mundo. El temido nombre del libro era: “Bermoonlaten: el libro de los idiomas perdidos”. Allí se encontraban los designios de la vida mortal, la creación del cosmos, los nombres de los supremos, la magia de estado-el poder infinito-. El que encontrase alguna vez este libro, tendría el poder del universo en sus manos.
   Jhub no poseía el Bermoonlaten, pero tenía algunos fragmentos de otros restos, de piscas del verdadero libro, es decir, copias y más copias. La originalidad de este grimorio perdido era algo que consumía, en demencia, a muchos fervorosos adeptos de lo oculto. Desde monjes, hasta personas adineradas anhelaban las páginas originales del libro más blasfemo de todos los tiempos.
    Lisandro ingresó en un éxtasis de conocimiento y su cerebro ya estaba tirando la toalla. Mucha presión ejercía sobre la mente del científico, y él mismo era consciente de que esto lo podría llevar a la locura.
    Jhub decidió centrarse en su última creación, y en un interés por encontrar la última pieza del rompecabezas de restos de carne, encontró, el ingrediente final para reanimar a la bestia que yacía sobre la cama manchada de sangre.
    En una hoja decía: “Líquido fúnebre” o también en la parte superior “Likae fhutebre”-. La mente de Lisandro procesaba aquellas hojas pertenecientes al libro blasfemo de forma satisfactoria. Hasta el momento había atinado a los breves acertijos de los hechizos, de creación de fieles u adeptos. Y en aquellos momentos Jhub supo que el último ingrediente, para que su adepto diese un enorme alarido era el líquido de un cadáver en descomposición. Lisandro presentía que ya había profanado tumbas en el lapso de su vida que no recordaba; en el enorme salto hasta su triunfo. Y también estaba seguro que tenía a alguien que lo cubría o que simplemente lo extorsionaba para que su reputación no se fuese por la borda.
   Tras pensar en esto, encontró un número telefónico que decía: “Human Lecte frecunden”-. Lisandro no comprendía a la perfección que podía llegar a significar ese nombre, pero no vaciló ni un instante en llamar al número que se hallaba en el mismo papel; del nombre extraño. Tomó la nota con firmeza y se dirigió hasta el piso principal del hogar en busca de un teléfono, para poder dar con alguien detrás del número que había hallado.
   Una vez que había emergido desde el sótano, trató de no llamar la atención a su pequeña hija y mucho menos a su esposa. Sólo se centró en dar con el teléfono inalámbrico, para poder llevarlo hasta el sótano y allí hablar con su contacto de quién sabe qué trato infernal.
   Ya estando en el sótano (aislado de todo humano existente), marcó el número de la hoja que había arrugado con su mano. Y sólo esperó unos segundos, dado que el tono existía y el número pertenecía a una persona física, ninguna operadora, ni muchos menos la célebre frase de:- “el número con el que se intenta comunicar, no pertenece a un abonado en servicio”-se escuchaba como trasfondo en el aparato. Ninguna desilusión sonora de este tipo existía, tras este comunicador de largas distancias. Jhub aguardaba impaciente, hasta que sin previo aviso una voz se arrimó por el teléfono inalámbrico.
    -¿Qué necesitas Jhub?
   La voz del otro lado, se anticipó ante una presagiada petición de Lisandro; como si ya conociese la rutina.
   -¿Disculpad?-Jhub le respondió con duda.
   -Vamos, Lisandro no estoy para juegos.
   -Sólo bromeaba-Jhub le siguió la corriente.
   -¿Necesitas algo fresco?-la voz le preguntó.
   -Podrías… no hablar entre líneas.
   -¿Quieres un muerto fresco o uno podrido?
   Ahora Lisandro comprendía que su contacto era un posible profanador de tumbas y hasta un maldito morboso que robaba cuerpos en las morgues locales.
   -Sólo necesito uno podrido.
   -Bien.
   -¿Dónde nos encontramos?-le preguntó Lisandro.
   -Calle Buena Vista por el mil quinientos.
   -Mierda-exclamó Jhub.
   -¿Sucede algo?
   -No. Sólo que…
   -Dime.
   -No recuerdo como llegar…
   -¿Qué mierda te pasa Lisandro?
   Jhub se preparó a mentir de la mejor manera.
   -Bebí mucho anoche. Y tengo la cabeza destrozada. Puedo afirmarte que no recuerdo nada de nada.
   -Está bien. Me acercaré hasta tu hogar. Pero si alguien sospecha algo de esto, te entregaré dos cuerpos frescos y serán los de tus dos mujeres.
   -No, te preocupes. Eso no sucederá.
   -Eso espero.
   -Aguardaré frente a mi hogar-Jhub le hizo una promesa, que no podría romper.
   -En media hora estoy allí. Más te vale que nadie nos vea.
   -Nadie lo hará. Te lo prometo.
   Lisandro se quiso despedir, pero el hombre con el que hablaba había cortado hace unos segundos dejándolo parlar solo en aquel sótano fúnebre. Ahora Jhub se encontraba en un gran dilema, puesto que tenía que hacer lo imposible para que nadie lo viese formando tratos oscuros con aquel misterioso hombre.

    Transcurrió media hora justo como lo había prometido el hombre y Lisandro se encontró con él, frente a su hogar. Allí estaba el extraño misterioso, en una furgoneta grande de color rojo bermellón pero con la pintura con desconchones. Se notaba a leguas que este automóvil tenía un mal trato y además se podía ver como sus ruedas estaban cubiertas de barro, también tonos verdosos y pedazos de maleza se hacían notar en los laterales inferiores del furgón; como si este vehículo se manejase siempre por campos y lugares silvestres; similares a los sitios aledaños de la vivienda de Jhub.
    Lisandro se acercó hasta la ventanilla del conductor y allí pudo ver a su entregador de cadáveres. Era un hombre rubio, con la piel seca y algunas arrugas cercanas a su boca, pómulos salientes y verrugas en su mentón. Sus ojos eran color azul y tenía unos bigotes mal afeitados llenos de un tinte amarillo, -seguramente era nicotina-, dado que se podían ver varias cajas de cigarrillos dispersas por el furgón.
   -Esta vez quieres algo podrido. Eres un maldito Jhub.
   -¿Lo tienes?-le preguntó Lisandro, nervioso e impaciente.
   -Claro que lo tengo idiota.
   Mientras el hombre le hablaba, acomodaba su garganta con saliva espesa que usaba para lubricarla y que se secaba constantemente con las pitadas de su cigarrillo.
   -¿Lo bajamos?
   -Sí.
   -Espera-Jhub lo detuvo.
   -¿Qué sucede?
   -Voy a ver que no haya nadie.
   Lisandro husmeó por los albores de su casa ubicada en la zona rural, para ver que ningún automóvil de la carretera los viese trasladando aquel cadáver. Pero para la suerte de los dos, era de noche y los automovilistas se habían extinto de la zona, además su esposa e hija ya estaban durmiendo en sus habitaciones.
   -¿Todo bien?-quiso saber el traficante de cuerpos.
   -Sí. Adelante.
   El hombre rubio bajó del vehículo y se dirigió hasta la puerta trasera de la furgoneta, donde tenía escondido el cuerpo en descomposición. El cadáver estaba cubierto con aromatizantes de hogar, ajo y algo de café, dado que el olor era insoportable.
   Jhub siguió al hombre y éste le dio un par de guantes, para que le ayudase a cargar el cuerpo sin vida hasta el sótano de la casa.
   En un intercambio de fuerzas, por fin consiguieron bajar el cuerpo putrefacto. Y pese a que estaba sellado con una bolsa fúnebre y cargado con muchos aromatizantes, la hediondez era insoportable.
   Mientras los dos llevaban el cuerpo hasta el hogar, nubarrones extremos se formaban en el oscuro cielo.  La luna poniente había sido despojada por ciclópeas nubes de una posible tormenta.
   Una vez que estaban en la puerta principal de la casa, Lisandro soltó su parte del cuerpo para abrir las dos hojas. Ya con la puerta abierta los dos ingresaron presurosamente al interior del hogar para dirigirse hasta el sótano. En cuestión de segundos estaban bajo la casa y por suerte ninguna de las dos mujeres se había despertado. Pero Jhub, al haber perdido parte de su memoria, había olvidado que nadie ingresaba al sótano; y mucho menos aquel hombre putrefacto que le vendía cadáveres.
   -¡Qué mierda es todo esto Jhub!-le gritó el profanador de tumbas.
    Al ver todos los cuerpos de los engendros y al primate humanoide postrado en la cama ensangrentada, el traficante de cadáveres se impresionó más de lo debido.
   -Nada-Lisandro le mintió como un chiquillo.
   -Yo estoy enfermo. Pero tú eres una escoria.
   -Tranquilo-lo calmó-Esto es ciencia.
    Jhub, se justificó.
   -¿De qué mierda me hablas?
   -Estas criaturas…son una bendición. Yo, las he creado.
   -Esto es una mierda. Todos estos engendros…
   -Cálmate.
   -Jamás pensé que estuvieses creando estos demonios. Jamás te daré otro cadáver-el traficante hablaba con mucha ironía.
   -¡Basta!-Lisandro le gritó, con un vago pensamiento de que aquel hombre se callaría.
   -Esto lo tienen que saber todos. Aunque yo vaya a la cárcel.
   -¡No, espera!-Jhub se alteró y le gritó con ímpetu.
   -Eres un maldito Lisandro. De qué profundidades emergen estas viles criaturas.
   -¡Ya basta!
   -Eso dirán todos cuando se sepa de tus experimentos.
   -Nadie tiene por qué saber esto.
   -Sí. Yo me encargaré.
   -No, lo creo.
   -¿Y qué vas a hacer maldito científico?
   -Yo, nada.
   El hombre rubio dibujó una sonrisa en su rostro, sabiendo que Jhub no podría lastimarlo dado que sus condiciones físicas no lo sobrepasaban.
   Pero Lisandro pensó rápidamente en mermar este terrible problema y abrió la bolsa del cadáver tomó una jeringa de la mesa, absorbió algo de líquido putrefacto y corrió hasta su última creación, la bestia con patas de becerro, brazos de gorila, torso y rostro humano juvenil. Mientras el hombre que lo quería ver en la ruina, estaba atónito con todo lo que sus ojos estaban presenciando, casi al borde de la parálisis corporal.
   Al instante que Lisandro inyectó el líquido fúnebre en su última creación. La bestia cobró vida y sus alaridos de dolor eran tan insoportables, que el mismo Jhub temió por no saber qué sucedería en aquellos momentos.
   Mientras la bestia gritaba de dolor se trataba de estabilizar entre sus dos piernas, y poco a poco se le desprendía la carne de su rostro humano juvenil, para quedar convertido en huesos; con restos viscosos. Por otro lado su torso estaba al borde de estallar por la cantidad de gusanos que emergían desde sus entrañas, chillando como si fuesen retoños recién nacidos. Al parecer algo había salido mal en la creación de Lisandro y esta bestia sentía tanto dolor, como ira.
   El hombre rubio estaba al borde de la locura y su parálisis era severa, la criatura se acercó a pasos acompasados hasta él y lo tomó de la quijada con su enorme mano de primate, para tirar de ella y desprenderla por completo. La lengua del traficante se veía completamente y la sangre no dejaba de fluir por debajo de la boca del condenado. Todo el torso de este hombre estaba teñido de color bermellón y para que la situación se tornase más violenta, la criatura usó sus dos poderosas manos para tomar la cabeza del profanador y presionar hasta que los sesos saliesen expulsados por sus dos orejas. El hombre delgado y rubio ya no contaría la historia y la materia gris que salía de su zona auditiva hacia recordar a las máquinas para triturar carne, que prácticamente convertían los trozos en picadillo espeso.
    Una vez que el engendro creado por Lisandro, acabó con la vida del hombre que le propiciaba los cadáveres, se acercó hasta la posición de Jhub y efectuó un severo golpe en su rostro. La vista del científico se nubló y cayó tumbado al ensangrentado piso del sótano. Ya nada podía hacer este condenado creador de monstruos, para remediar lo que había hecho y sólo un eco del último quejido de la bestia fue lo que se sintió en aquel sótano por toda la noche.

    Con una prolongada jaqueca Jhub se despertó, casi sin recordar nada de lo sucedido. Se apoyó contra una mesa que estaba a sólo un cuerpo de él, trató de sentarse en una silla pero volvió a caer al suelo húmedo del sótano. Luego llevó sus dos manos hacia su deteriorada cabeza para realizar un vago intento de alivianar el dolor que fluía por su cerebro. Lisandro estaba pasmado y tenía un cierto olfato de que algo no andaba del todo bien. Poco a poco comenzó a recordar lo que había sucedido la noche anterior y cuando vio el cadáver del hombre rubio se dio cuenta que la situación era realmente preocupante. El propiciador de cuerpos se hallaba tumbado en el suelo del lugar, careciente de su quijada, repleto de sangre y con los sesos expulsados por las orejas como si se tratasen de paté. Una imagen horrible para cualquier persona que se despertase sin previo aviso, en un lugar de lo más tétrico.
    Una vez que el científico se amoldó al entorno decidió emerger al primer piso de la casa en busca del engendro que había creado, para inyectarle un calmante que tenía guardado en su delantal de médico. Lisandro sabía que no podía dejar suelto al monstruo, porque eso le repercutiría por toda la eternidad. Y lo que más temía en aquellos momentos era un posible presagio de un destino infernal para sus dos musas, que habían dormido en sus habitaciones correspondientes por toda la noche.

     Subió las escaleras como pudo, a paso lento pero efectivo. Mientras caminaba se apoyaba contra la pared tratando de imitar a su creación que seguramente se había arrimado cuando huía, puesto que, manchas de sangre con forma de la mano de un primate eran notables allí.
    Cuando Jhub se encontraba en el primer piso del hogar notó que aún era de noche, y ya había perdido por completo la noción del tiempo preguntándose así mismo cosas inexplicables como:-¿Por qué sigue de noche, si al parecer estuve inconsciente por varias horas? ¿Cómo es qué no logro dar con la criatura? ¿Y qué es lo qué sucedió con el experimento? ¿Por qué se fue todo por la borda? ¿Demasiado de esto o de aquello fue lo que ocasionó el desborde del experimento?-. Miles de preguntas más transitaban por su mente, pero había algo que lo impulsaba a seguir adelante sin perder por completo la cordura-y esto era- encontrar a sus dos mujeres.
   Después de notar que las sombras aún gobernaban los albores, enfiló lo más rápido que pudo hasta la habitación de sus musas. Y para su horripilante sorpresa una vez que ingresó al cuarto, encontró manchas de sangre en las sabanas de la titánica cama matrimonial. No había rastro de sus dos mujeres, pero en todo el charco de sangre seca que envolvía la cama, había una hoja avejentada, húmeda y con una peste preocupante para el sentido del olfato. Jhub tomó el papel putrefacto e intentó leer algo de su indescifrable idioma. Todo indicaba que alguien había estado con sus dos musas y las había raptado o devorado. La locura estaba cada vez más y más cerca en la mente de Lisandro y nuevamente volvían los recuerdos de cómo había conseguido todo lo necesario para triunfar y condenarse así mismo. Pero entre todos esos recuerdos jamás avistaba el inicial, que era el de su vida pasada, cuando había perdido el premio y cuando había conocido el fracaso en carne propia.
   Guardó la hoja pestilente en su bolsillo y se dirigió hasta las afueras de la casa en busca de sus dos mujeres. Pero una vez que estaba fuera no dio con ellas y encontró a la condenada bestia que él había creado, gritando y pataleando tumbada junto a su vieja camioneta estanciera. Los alaridos del engendro seguían siendo horribles para la audición humana y Jhub sabía exactamente lo que tenía qué hacer. El monstruo aún seguía imponiendo batalla, pero se notaba a leguas que ya no era más que un pedazo de carne viva y agonizante. Lisandro se acercó lo suficiente hasta el engendro y le inyectó el calmante que tenía en su bolsillo. En breve, la criatura dejó sus horribles alaridos en el pasado y entró en el mundo de ensueño.
     Una vez que aquel engendro quedó dormido Jhub lo subió tras varios intentos a la camioneta para llevarlo lo más lejos posible antes de que algún forajido viese todo el infierno que acontecía en su casa. Pese a que Lisandro vivía en un campo prácticamente alejado del pueblo, no estaba del todo aislado. Pasando una hectárea y media tenía a sus vecinos los Hummins -conocidos por los pueblerinos- como los sensacionalistas. Además el comisario del pueblo solía mandar a los cabos novicios a patrullar por las zonas rurales. Lisandro se estaba volviendo loco, pero no era estúpido y sabía que si la policía veía todo el averno de su casa, lo detendrían. Después de todo el único culpable era él, un hombre que no tenía escrúpulos, que tenía trato con un traficante de cadáveres, que había puesto en riesgo la vida de su conyugue e hija y que había pasado los límites naturales creando vida donde no debía haber existido jamás.

    Tras manejar una hora,-aproximadamente- Jhub llegó hasta el manicomio de la zona y pensó que sería el lugar perfecto para enterrar a la criatura en las cercanías. -¿Acaso alguien viajaría por las zonas aledañas de un sitio así?-. Lisandro pensó que esto era lo correcto y que además, si la criatura era avistada por algún demente, nadie le creería. Jhub también era consciente por un sinfín de razones que aquella bestia demencial no moriría, y que la tendría que enterrar viva. Era más que presagiado que una vez que el somnífero terminara con su efecto, el engendro comenzaría nuevamente con sus gritos de agonía.
    Le llevó unas horas cavar la tumba para el engendro, pero al fin lo consiguió. Ya sólo le faltaba arrojar a la criatura en el pozo para que quedase en el olvido por toda la eternidad. Usó una especie de rampa de madera que tenía su camioneta en la parte trasera, y posicionó la misma en yuxtaposición con la tumba para no hacer fuerza y dejar caer al engendro de manera fácil y efectiva. Pero una vez que la bestia demencial comenzó a rodar por la rampa y calló al pozo cadavérico despertó y comenzó a gritar más fuerte que en un pasado. Lisandro fue consumido por los nervios, dado que los alaridos del engendro eran tan estruendosos que seguramente se escucharían a leguas. Era como si este ser estuviese avisando en su idioma espectral a los humanos, para que lo viniesen a rescatar.
    El engendro gritaba y gritaba mientras que Jhub le arrojaba tierra con la pala para taparlo y dejarlo con su agonía, en aquella tumba improvisada. El monstruo gritaba con su boca llena de tierra y la espuma que producía era repugnante, se movía de un lado a otro sin poder pararse, pero intentando emerger como un gusano; serpenteando de manera constante. Pero ya nada podía hacer esta criatura, ya que Lisandro lo estaba tapando por completo.
   Todo había concluido-o eso es lo qué pensaba Jhub-. El monstruo ya estaba enterrado en aquel profundo pozo, y la culpa de Lisandro también quedaría allí por el transcurrir de los años.
    Pero cuando Jhub creía en su victoria, sin previo aviso fue encandilado por unas luces que provenían de varios automóviles. En ellos se podía leer claramente el cartel de “Policía”. Lisandro comprendía su situación y todo estaba más que dicho. Un megáfono se hizo escuchar en la gélida noche, donde un científico había enterrado a su creación para encubrir su fracaso.
   -¡Las manos arriba Jhub!
   La voz era gruesa, como si se tratase de un hombre obeso o fornido.
   -¡Ya sabemos todo lo qué ha hecho!
   Todo estaba perdido para el científico que aún no comprendía cómo había llegado hasta aquella situación.
   -¡Entréguese Jhub!-repetía la voz aumentada por el megáfono.
    Lisandro no tuvo más remedio que entregarse y fue subido a un patrullero para ser trasladado al manicomio local; a la sección de máxima seguridad. Mientras los policías lo esposaban y se burlaban de él, podía escuchar agudos comentarios de su crimen. En un principio Jhub pensó que todo se debía al monstruo que había enterrado vivo, pero los policías hablaban de Lisandro como si fuese un asesino en serie y peor aún. Llegaba a escuchar que lo condenarían por haber asesinado a su esposa e hija. El científico estaba al borde de colapsar y tenía la firmeza de que él no haría algo así, jamás. Su cordura ya no era algo de lo que se hubiese podido considerar dueño. Llegaba a creer que lo mejor sería que lo enviasen al manicomio como decían los inflados servidores de la ley.

   Lisandro Jhub fue internado en el manicomio aledaño de la zona -para ser más preciso- en el “Lewinsthon”; en la sección de máxima seguridad, por haber cometido homicidio. La prensa lo etiquetó como:- “El científico de Lucifer”-. Un maldito que había experimentado con su esposa e hija, ocasionándoles la muerte. Todos los pueblerinos repudiaban al científico que había descuartizado a sus mujeres para mezclar sus extremidades con partes de animales de la zona; o de zoológicos de la ciudad aledaña. Lisandro se enteró de todo esto y lo único que comprendía después de lo vivido era, que la locura podía ser un medio de escape sólido para alguien que había sido condenado por toda la eternidad.
  
    Jhub quedó aislado en una pequeña habitación, donde le arrojan  comida al piso por medio de una rendija; de una sólida puerta de metal. Desde el día que él creyó haber enterrado aquella criatura, su mente vagó hacia otros paramos y ahora es sólo un simple cuerpo que come, defeca y duerme. Su habitación tiene una pequeña ventanilla a unos diez metros de altura, donde se escabulle una tenue luz, cuando es de día.
    Y suele escuchar todas las noches gélidas y espectrales, los alaridos de un engendro que él creó y enterró vivo. Los gritos de agonía incesante de un ser que no pidió venir al mundo, y los chillidos de sus dos musas siendo asesinadas por mano de la bestia. Jamás descansará de su tortura constante, nunca comprenderá nada en absoluto, siempre recordará al anciano que le entregó la hoja y no podrá dejar de oír –alaridos de la tumba–.      
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Alaridos de la tumba por Damian Fryderup se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en almascondenadas-df.blogspot.com.ar.

2 comentarios:

  1. ESTIMADOS HERMANOS:
    Solicito mi conversion esotérica a visionario de todos los Dioses de mis avatares respectivos y tambien solicito ser visionario de todos los ángeles y demonios de mis avatares respectivos en calidad derivada de los Dioses que les corresponden de mis avatares respectivos. Mi conversion esotérica a visionario de los tales debe ser inspirativa por los tales con la respectiva identificacion paranormal y sugestiva como tambien pseudónima.

    Atentamente:
    Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
    Documento de identificacion personal:
    1999-01058-0101 Guatemala,
    Cédula de Vecindad:
    ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
    Ciudadano de Guatemala de la América Central.

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  2. Hola Jorge. Un placer tenerte por Almas condenadas. Quizá no haya captado bien tu comentario y pido disculpas, pero me podrías explicar ¿qué significa todo lo que has escrito? espero una respuesta cordial y ansío leer tu nuevo comentario... Un enorme saludo, el director de Almas condenadas...

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