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jueves, 21 de mayo de 2015

Los Rillers



    

     Recuerdo que cuando los usé por primera vez, presagiaba que nada bueno sucedería. Pero de igual manera lo hice, como la mayoría de los humanos -soy curioso-, y sé que la iniquidad trae más maldad. Pensé que eran un juego, hasta que comenzaron a suceder cosas aterradoras e inexplicables para cualquier mente humana.

    Todo empezó, cuando era pequeño y me dirigía al bosque con un grupo de amigos de infancia, de esos que jamás vuelves a ver de grande, como si fuesen ánimas disueltas por el existir. Mientras más nos adentrábamos al bosque, que por cierto parecía ser que las copas de los árboles se complotaban para un plan macabro. Sin dudas un sitio tétrico para cualquier niño, pero yo, no era cualquier niño siempre experimenté cosas que los demás no hacían y la mayoría de las veces necesitaba sentir miedo para poder vivir. Pero como decía, cada vez que nos adentrábamos al bosque, pudimos notar en el  horizonte cobijado por los árboles titánicos, que había una casa destruida (seguramente por vándalos locales). Todos nos miramos detenidamente y sabíamos que teníamos que ir hasta aquel sitio.

    Íbamos a pie, a paso lento y comenzamos a elevar la marcha para llegar más rápido. Yo, fui el que empezó a correr presurosamente para ganarles en tiempo a los demás. Pero cuando llegué hasta la casa y voltee para ver a mis cofrades, era como si la tierra misma de aquel bosque maldito los hubiese devorado de un solo bocado. No tenía idea de qué era lo que sucedía en esos momentos, pero presentía que todo estaba cambiando para peor. No vacilé y entré a la casa abandonada, que era lo bastante pequeña como para albergar a una pareja de recién casados. Cuando estaba dentro del hogar asediado por los años, no encontré cosas que me deslumbraran, la mente de un niño suele ser algo extraño y uno siempre cree que se encontrará con un tesoro o algo similar.

    Exploré un breve rato, hasta que hallé mi tesoro personal-o mejor dicho, lo que me perseguiría por toda mi vida-, era un libro extraño, forrado con un material aún más extraño. Lo abrí para leer algo de su interior, pero todas las hojas estaban en blanco, menos la hoja de la mitad. Esta hoja contenía una especie de runas dibujadas y palabras en un idioma que de seguro no era humano. Pensé detenidamente y nada podía sacar de ese rejunte de palabras arcanas y sin comprensión para mi mente. Decidí llevarme aquella hoja y me retiré hacia mi hogar, ya estaba oscureciendo y no quería llegar de noche, para que mi padre se enfurezca y me diese una buena paliza.



   Aquella noche no pude dormir, después de haber llegado del bosque. No me interesó el porqué de la desaparición de mis amigos, lo único que pensaba era en la hoja de aquel libro que había guardado en mi mesa de luz. Recuerdo que desde aquel día empezaron los sueños, nunca paraban y todas las noches los enigmas se resolvían en los mundos oníricos.

Siempre soñaba que me encontraba en una especie de templo iluminado con velas que emanaban luces tenues, rodeado de personas (o seres) harapientos y sin rostro, casi estaban desnudos y no tenían cara. Ninguno se podía comunicar, excepto uno de ellos. Era más gordo y tenía una enorme boca, que estaba cocida con hilos de mala calidad. Parecía ser que su cirujano era un alcohólico retirado del oficio, que disfrutaba con desfigurar a sus pacientes. Además en la zona donde iban sus ojos, tenía un enorme tajo que emanaba constantemente un líquido color negro, como una especie de pus pero a niveles de putrefacción extrema. Este ser obeso, me hablaba telepáticamente y siempre me decía una palabra…-“Rillers” “Rillers”-, no comprendía a que se refería en un principio. Pero a medida que pasaba el tiempo descubría casa vez más cosas que entrelazaban y armaban el rompecabezas arcano.



    Ya de adulto, había adquirido conocimientos bastos sobre qué eran los Rillers, según los seres abismales de mis sueños, estas entidades desconocidas hasta para ellos, eran los “atormentados” o “enterrados”. Había una forma de invocarlos para beneficiarte con sus actos y la forma no era completa, ni tampoco consistía en entregar tu alma como suele suceder en las películas. Pero, puedo llegar a decirles que lo que había que hacer era peor, puesto que consistía en la desgracia de otro ser viviente. Los enterrados o Rillers, eran seres de otros páramos, quizá estratos altos o de rastros estelares. No sé sabía bien, pero de lo que sí estaban seguros las entidades de mis sueños, era que los atormentados podían manipular tu entorno por medio de la corrupción, muerte, enfermedad o desgracia. Su invocación consistía en tomar una hoja en blanco y  poner el nombre de la persona que más odies, o que simplemente quieras ver destruida. Luego de poner el nombre pondrás la maldición. Si quieres ver enferma a esta persona pondrás el nombre y a un lado, la palabra “Plesh”, que significa peste, en un idioma casi extinto de los reinos olvidados. Por otro lado si tu odio es aún más elevado, pondrás el nombre de la persona y a un lado la palabra “Dhum” que significa final, eso ya lo dice todo.

    Luego de haber puesto el nombre y la palabra adecuada, tomarás la hoja y la pondrás en un sobre cerrado. Debes alejarte a un sitio desolado, alejado del lugar donde vives. Allí enterrarás la carta en una especie de tumba con proporciones como para un niño. Acto a seguir tienes que dejar un vaso con una flor, sea cual sea. Todo esto lo tienes que hacer después de las 3 a.m, de lo posible que esté despejado y estrellado. Una vez finalices te retiras y vuelves al otro día a las 3 p.m. Lo que vas a notar -si la maldición e invocación fue exitosa-, es que la flor estará emanando una especie de líquido oscuro putrefacto. Luego sacarás la carta de la tumba y cuando la abras, notarás que la hoja estará quemada en la parte del nombre de la persona que odias. Si todo esto sucede, la invocación de los Rillers será exitosa-pero no creas que no piden nada a cambio-, si todo salió como lo planeaban ellos, no tú. Empezará la parte de la paga… todas las noches hasta el día de tu muerte se aparecerán en tus sueños los enterrados o atormentados, diciéndote una simple cosa:-difunde la palabra-. Juré por siempre que nunca los describiría porque son algo indescriptibles para cualquier ojo mortal. Cosas, más que seres… de lo más repulsivas y a la vez seductoras, pero casi amorfas-sólo puedo decir eso-.



     Lo único que piden a cambio es que los nombres en cada rincón del mundo. Lo que se cuenta es que las personas que los han invocado, llegan a muy viejos, casi al punto de ser pedazos de huesos con cuero. Ese es el precio por invocarlos y mientras más los uses para tus actos de truculencia, más te irás destruyendo. No morirás, pero serás un intento de humano. Lo peor es cuando no difundes la palabra, se ha llegado a decir que las personas que han sido ayudadas por ellos y que no han respondido a su petición, pierden seres queridos, sufren accidentes, quedan solos en el anonimato, su vida se convierte en una verdadera mierda y al final mueren jóvenes y siempre en terribles tragedias, en las que sus cuerpos quedan irreconocibles.



     En lo personal, no hay día que no me provoquen sus ciervos en mis sueños, para que me beneficie con ellos. Pero he sido lo suficientemente fuerte como para evitarlos. De lo que no he podido escapar jamás es de su simple petición. No importa quienes son, de dónde provienen, qué es lo que quieren, por qué lo hacen. Lo único que es válido es que difundas la palabra de que existen y que son capaces de jugar a los títeres con nuestras vidas. Todo a su antojo por el simple hecho de invocarlos y de no decirles a los demás que ellos existen.

    Tú le das el nombre y ellos harán el trabajo sucio…y si alguna vez has tenido la desgracia de toparte con esta nota, recuerda que ya sabes de ellos. Por lo tanto debes difundir la palabra, si no quién sabe qué planes tienen para ti y tus seres queridos…
Licencia Creative Commons
Los Rillers por Damián Fryderup se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://almascondenadas-df.blogspot.com.ar/2015/05/los-rillers.html.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://almascondenadas-df.blogspot.com.ar/2015/05/los-rillers.html.



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jueves, 17 de abril de 2014

El ciervo descuartizado


    Viajábamos de noche, por la carretera principal hacia nuestros hogares después de fallidas horas de cacería en los bosques. Mi tío y yo éramos prácticamente unos carroñeros a la hora de buscar algo de carne para llevar a nuestros hogares. Lamentablemente aquel día fue uno de los peores de nuestra vida; en casi todos los sentidos. Presentíamos que algo andaba mal, la noche nos dictaba en letras místicas que nada bueno acontecería en nuestras próximas horas. 

    Llevábamos casi tres horas de viaje por las bastas carreteras de "Olans Fils ", un sitio del país en donde podías matar lo que fuese y ningún guardabosques te detendría por ello. Muchos decían que este sitio era zona liberada para los cazadores furtivos, pero yo siempre creí que sólo se las había visto con el olvido de los burócratas del poder. A la mayoría de los poderosos no les importaba mucho la naturaleza, sino lo que podían sacar provecho de ella. 

   El viaje se estaba tornando pesado y lo único que deseábamos era llegar rápido a nuestros hogares, pero a la vez queríamos algo de carne. Todo indicaba que nada de esto sucedería. Hasta que por obras de la noche macabra vimos un camino alternativo al costado de la ruta. En la entrada del camino había un cartel vetusto de metal, casi todo oxidado y con orificios de balas en su cuerpo. El contenido original del cartel estaba extinto, pero había escrito algo con una especie de tinta blanca, algo que decía lo siguiente:

"El que se adentre por aquí ahorrará tiempo de viaje, pero lo pagará con tiempo en vida"

  Con mi tío nos quedamos atónitos por el contenido del cartel, puesto que era algo extraño para estar escrito allí. Pero sólo seguimos nuestro poco instinto cordial y como decía que ahorraríamos tiempo de viaje, no dudamos en desviarnos por allí. A medida que nos adentrábamos más y más por este camino, el bosque se iba cerrando cada vez más hacia el sendero, era como si los árboles quisiesen consumir el camino. Este sitio era de lo más extraño, y por intuición sabíamos que algo sucedería sin darnos cuenta.

    Mi tío y yo estábamos furiosos por no haber podido matar ni un sólo animal, y teníamos en nuestras mentes reventar la cabeza de algún bicho que se nos cruzase por este camino. Pero parecía ser que los dioses se habían aunado para jugarnos una broma de mal gusto, para así dejarnos sin un puto animal al que matar. Aquella noche era tan vacía que casi ni aves nocturnas se veían rozando el cielo. Los árboles secos y aledaños al sendero crujían con el viento y las estrellas estaban casi desnudas, de no ser por las nubes que las cubrían. La luna casi extinta en el firmamento, a penas mostraba algo de su cuerpo, la noche era tétrica y más oscura que de lo común.
   Pero cuando todo parecía ir de mal en peor para un dueto de cazadores furtivos, de repente se nos cruzó un animal ciclópeo. Mi tío alcanzó a frenar cuando ya teníamos la cabeza reventada del condenado en el parabrisas. El vehículo se destrozó, y por razones que desconocíamos, lo único que recibimos del impacto fue un golpe en nuestras cabezas. La escena era grotesca, peor que cuando le volábamos los sesos a los bichos que matábamos. Lo que habíamos atropellado era un ciervo enorme. Pero estaba casi irreconocible. Tenía su cabeza desprendida del cuerpo, el cual había quedado con un tajo enorme en el estómago, de allí emergían las tripas del animal y la sangre no paraba de chorrearle por el tajo. Aquella noche era fría, pero en este bosque lo era más aún, parecía ser que las temperaturas descendían a medida que nos adentrábamos al lugar. El vapor que emergía del cuerpo del ciervo era tremendo, parecía que se estaba hirviendo el mismo con sus propias vísceras. Su cabeza estaba incrustada con los cuernos partidos en el parabrisas y el capot del auto.
    Después de ver el estado del animal, -decidimos hacer lo mejor con mi tío-. Bajamos del auto,- castigados- un poco atontados por el golpe que nos habíamos causado en el accidente. Una vez abajo  desenfundamos nuestros cuchillos para desollar, y comenzamos a despellejar al animal para luego descuartizarlo y así poder llevarlo en trozos a nuestros hogares, sólo para no llegar con las manos vacías.
   Una vez que terminamos de guardar al animal descuartizado en el baúl del auto, seguimos viaje como pudimos, después del tremendo impacto que habíamos sufrido en la carretera.
    El viento soplaba más fuerte cuando enfilamos y  parecía ser que el aire se congelaba con el frío penetrante del exterior. Poco a poco se nos colaba el gélido aire por el parabrisas destrozado a causa del animal enorme.
    A base de un fuerte licor y algunos cigarrillos, pudimos engañar a nuestros cuerpos para no sentir tanto frío y así continuar el viaje.

   Después de otras horas salimos del atajo y nos aunamos a la carretera (al parecer lo del cartel era cierto, habíamos ahorrado mucho tiempo), estábamos a punto de llegar al pueblo, pero aún era de noche. Parecía ser que los demonios del averno se habían complotado para que la noche no se esfumase jamás.
   Mientras viajábamos por la carretera pudimos avistar a los lejos unas luces; fuera de lo común. Para nuestra condenada suerte era un extraño control policial-y digo extraño- dado que nunca se hacían controles cercanos al pueblo. Pero en fin, teníamos que reducir la velocidad para ser detenidos por un seguro oficial obeso e inoperante que nos cobraría una multa por tener el frente destrozado y un parabrisas roto.
    Una vez que llegamos al control, habían dos oficiales que nos hicieron señas para que disminuyéramos la velocidad, para finalmente detenernos. Cuando estábamos cara a cara con los policías, nos preguntaron sobre el estado del parabrisas y el frente del auto, no tuvimos más opción que contarles la verdad. Los dos oficiales se sorprendieron, pero a la vez no pudieron hacer nada puesto que esto no era un delito. Lo único que nos pidieron fue, revisar el baúl. Le dimos la llave a los policías y cuando fueron hasta la parte trasera del vehículo y revisaron el baúl se sorprendieron e impresionaron tanto que uno de los oficiales casi se cayó de culo al piso. El otro se tomó el estómago y vomitó. Mi tío y yo pensábamos entre nosotros,-malditos blandos de estómago, después van a los mercados y se comen toda la carne pero cuando ven un animal muerto se impresionan-. Pero parecía que la impresión de los oficiales era muy fuerte ya que uno de ellos nos gritó.

-¡Alto!-exclamó.

    Mi tío y yo nos miramos cuajados.

-¡Bajen del auto y manos sobre la cabeza!

    Esto no era un chiste, nos detenían por un puto ciervo descuartizado, las ironías de la vida.

-¡Malditos hijos de puta!-gritó el otro policía.

    Sin dudas no comprendíamos qué mierda sucedía y yo intenté saberlo.

-¿Qué sucede oficial?-le pregunté.

    El policía que nos apuntaba me miró con asco y me dijo.

-¿Qué sucede?-replicó.

Yo sólo lo miré gesticulando duda.

  -Ven aquí hijo de puta, para recordarte esto por siempre. Y para que sepas que pronto serás la puta de todos en la cárcel cuando te arreste. 

    Me acerqué hasta el baúl, mientras mi tío estaba siendo arrestado y llevado al móvil policial. Y cuando vi lo que había dentro de él se me revolvió el estómago como al mismo oficial y comencé a sollozar, sin entender qué mierda era lo que mis ojos estaban viendo.
   El baúl estaba repleto de restos de niños, era como un puto infierno. Habían extremidades de criaturas de al menos dos o tres años de vida. Y todo un charco de sangre acompañaba los restos de los inocentes. Mi tío no pudo ver esto, pero él y yo estábamos seguros que lo que habíamos atropellado en el camino era un ciervo enorme y no un par de niños. Ya nada podíamos hacer para volver el tiempo atrás y ahora sólo nos esperaba una larga condena en prisión por haber cometido el gran error de haber descuartizado  aquel ciervo que atropellamos.

    Mi tío murió a los meses por hemorragias, luego de ser violado varias veces en prisión y de ser reventado a golpes. Mi destino fue otro, se me consideró peligroso y en estado de locura. Y me trasladaron a un psiquiátrico penitencial, allí no me fue tan mal y conocí a  un anciano que cantaba una canción sobre unos niños que por la noche se convertían en ciervos, para poder correr por los bosques místicos y tapados de oscuridad. Quizá esa fantasía que lo convertía en demente al anciano, era la explicación de que un simple cuento o ilusión mental podría llegar a ser lo más real del mundo. Pero eso sólo se lo dejaría a mi destino, y la única canción que transitaría por mi mente por el resto de mi vida sería la de, -el ciervo descuartizado-.
Licencia Creative Commons
El ciervo descuartizado por Damián Fryderup se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://almascondenadas-df.blogspot.com.ar/2014/04/el-ciervo-descuartizado.html.
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lunes, 4 de noviembre de 2013

Las aves de plata

   

    Recuerdo aquel día en el que mi mente colapsó por completo,  aquella vez en la que mi cuerpo comenzó a pedirme alcohol para curar la locura que me atormentaba. Tenía aquella oxidada arma en mis manos, y era el único con el poder de quitar mi propia vida. Pero antes de hacerlo quería dejar un relato de la historia que atormentaba mis últimos días.
    Era invierno y estaba nevando con tiraría en las afueras. Parecía ser que los copos de nieve eran un ejército castigador de humanos. Vivía alejado de la ciudad en una granja cercana a una familia sensacionalista que se apellidaba "Hummins" y junto a un científico fracasado, un tal Lisandro Jhub. Ellos no molestaban, -a veces- los Hummins gritaban cuando la luna se llenaba, pero parecía ser que estos chiflados eran adeptos de algún dios pagano. No podría no respetar las creencias de las demás personas, después de todo debemos creer en algo para poder escapar de la realidad.

  Comprendía que el frío atrofiaba nuestras neuronas y cuando era extremo no nos deja pensar. El día que tuve la maldición de ser contactado fue un 9 de Julio, -el peor día de mi vida-. Recuerdo haber salido de mi hogar en busca de mis aves de plata, un recuerdo de mi difunto, que en la actualidad tendría unos diez años. Mi pequeño murió de un extraño virus, después de haber tenido contacto con la granja de los Hummins. A él le encantaba jugar con unas viejas aves de plata que había hecho mi tatarabuelo.
    Debía ir en busca de estos juguetes al granero para poder llevarlos hasta mi hogar, puesto que colindante con él se hallaba la tumba de mi hijo. Todos los 9 de julio le dejaba sus aves para que pudiese jugar con ellas desde el más allá. Cuando salí hacia afuera miré detenidamente mi panorama y no era agradable, la nieve lo cubría todo y el cielo era un conjunto de escarcha con tintes grises de  las nubes. El sol estaba tapado por completo y parecía ser de noche por la escasez de luz. En un leve lapso del tiempo pude llegar al granero. Abrí la puerta del lugar y el frío me complicó un poco las cosas. Pero al final pude ingresar al sitio donde guardaba todas mis reservas. Cuando entré noté algo extraño, no se hallaban las aves de plata que solía dejar en una mesita antigua de madera carcomida. Me preguntaba a mí mismo- ¿cómo podía ser?-, el tema era saber si había algún intruso en aquel lugar. No dudé un instante y desenfundé mi pistola. La vida en el campo era difícil y si tenías que matar a alguien tenías que hacerlo y punto.
   Husmeé por un largo tiempo, pero no encontré ningún intruso. Hasta que escuché un llanto horrible, pero conocido a la vez. Provenía de una de mis repisas de herramientas y no vacilé para ir a ver de quién se trataba. Cuando estaba cerca de la repisa la corrí y cuando vi lo que se ocultaba tras ella caí  sentado de culo al piso. Me asusté tanto que no sabía qué hacer en aquel momento. La persona que estaba detrás del mueble era un joven extraño, pero con el rostro de mi hijo,-podía jurar que era mi hijo de adulto- pero no dejaría que la impresión me dominase. No dudé y le hablé rápido al joven que sollozaba en el granero.
    -¿Quién eres?-le grité.
    Sólo me miró y siguió llorando. Su piel era extraña, no parecía ser de este mundo, tenía rasgos humanos pero era como si fuese una esencia vaporosa de color azul oscuro. Sus ojos brillaban de forma rara y eran color amarillo. Lo tétrico era que este joven no paraba de llorar.
   -¡Dime quién eres o juro que disparo!-le amenacé.
  Esta vez el joven parecido a mi difunto hijo, movió sus dos manos en signo de que no le hiciese daño, se levantó y salió de atrás del mueble. Luego me extendió su mano izquierda y me mostró las aves de plata. En aquel momento no pasaba otra cosa que la duda por mi mente y no entendía bien aquella extraña situación. Pero poco a poco la  cordura comenzaba a fallarme y el miedo me envolvía como lo hacía con aquel muchacho.
    -¿Quién eres chico?-le insistí.
  Esta vez dejó caer las aves de plata y me tomó de la mano. En cuestión de segundos comencé a cambiar de entorno y a visualizar un lugar extraño. Varias visiones me atormentaban en aquellos momentos. Pero las recuerdo por orden, en la primera de ellas podía ver una ciudad en los cielos, como si estuviese flotando. Los habitantes de ella la llamaban "Oblaratek". Todos los pobladores del sitio vestían túnicas blancas similares a las que se usaban en el senado griego en la antigüedad. Mi visión comenzaba desde los cielos para descender, era como si me hubiese convertido en un espíritu vagante y curioso. Ahora me encontraba en las calles de la ciudad y podía ver a un gran concejo de estos extraños hombres que tenían similitud a los humanos pero que sus cuerpos eran el triple de grandes. La mayoría de los habitantes de aquella ciudad eran de facciones bellas y de cabellos largos y fuertes, como si tuviesen una especie de poder en sus risos. Las hembras eran hermosas y poderosas, con cuerpos esculturales del doble de tamaño de un hombre terrestre. Toda la plebe de aquel pueblo extraño pero refinado, estaba a punto de escuchar a los gobernantes del sitio, a un concejo que se ubicaba en una especie de anfiteatro. Por un segundo paré mis oídos para escuchar lo que estos seres discutían. Un hombre anciano pero fornido daba inicio a la conversación.
   -Bien hermanos míos. Como noble hyperiónico, les comentaré la situación actual de nuestros hermanos.
    Todos comenzaron a abuchearlo como si hubiese tocado un tema de sumo rechazo.
    -Por favor... sólo escuchen.-el anciano intentó calmarlos.
   Pero la muchedumbre estaba furiosa. Y se podían escuchar gritos de repudio en el lugar. Hasta que se levantó un tipo de risos dorados y de una contextura física inimaginable. Este ser tenía vestimenta apropiada para la guerra, se notaba que no era un político, sino un castigador o militar.
     -¡Ya basta!-les gritó a todos.
    La masa de mortales quedó cuajada y se completaron en silencio.
     -Ahora puedes hablar Lux Xenos-le dijo al anciano.
      El viejo lo miró y le mostró las gracias con su rostro.
     -Nos encontramos en un gran dilema. La última raza no sabe nada de nada. Ellos no estarán dispuestos a comprender. Fueron creados para callar y para no comprender en absoluto.
   Todos escuchaban atentos, pero aún sentían desprecio por el tema.
   -Sabemos que "atmosferia" no soportará mucho más y que pronto los reyes de Epimorden destruirán la barrera de los mortales de Therr, y los acabarán. Nuestros amados supremos están haciendo lo imposible para detenerlos, pero ya es demasiado tarde.
  Un humanoide de cabellos rojos desde la muchedumbre dijo unas palabras.
   -Ellos están así porque ellos mismos nunca han aprendido el conocimiento divino. Tendrán su propia perdición, la merecen, son las escoria del existir.
  -Si el rey de reyes te ollera, te desintegraría en instantes por tu infamia. Ellos son los últimos, los olvidados y ellos merecen ser protegidos porque son la última creación que nuestro amado Narishgan nos ha dejado. Nuestro rey yace débil y postrado en Nujharum cercano a Phobmarte y todos somos testigos de que Nostrom junto a los dioses de Epimorden desean acaban con los homonabis.
    -Pues que lo haga-dijo el tipo de cabellos rojos.
  Toda la muchedumbre le aplaudió y comenzaron a discutir entre ellos. Pronto mi visión comenzó a evaporarse para dar un cambió y me dirigió a otros sitios. Ahora me encontraba en un lugar de oscuridad y torturas. Habían seres empalados, y por otros lados engendros que estaban siendo torturados. En el centro del lugar se encontraba un ser abismal con rostro horrible, su cuerpo era de lo más extraño. Tenía la cara derretida por alguna especie de ácido, sus brazos colgaban como si estuviesen atrofiados. No tenía piernas, tenía barras de metal en vez de ellas incrustadas a su carne, se arrastraba y desde su pecho salían legiones de engendros alados que parecían insectos en comparación de su tamaño. Mi visión me hacía seguir a los insectos humanoides, que juntos se dirigían a una colosal batalla contra otras bestias que se hallaban cruzando un río de sangre que transportaba cadáveres putrefactos y virulentos.  Esta visión era extraña, pero en mi mente me susurraban un sólo nombre, "Epimorden". Ese nombre jamás lo olvidaré, pero jamás sabré de qué trataba exactamente.
    Aquella visión cambió por completo y esta vez me hallaba en el cielo, nuevamente en la ciudad de los Hyperiónicos. La ciudad de Oblaratek estaba teñida en llamas y una guerra había dado inicio. Miles de soldados alados luchaban al borde del cielo y el espacio. No había rastro de los Hyperiónicos, era como si ya estuviesen extintos. La lucha se veía a los lejos, gritos de batallas, bolas de energías cósmicas, batallas cuerpo a cuerpo entre seres extraños de todo tipo de razas desconocidas e inconcebibles para la mente humana. La guerra era por defender una barrera entre el mundo y el espacio, era como si otras razas quisiesen adentrarse a la tierra y destruirla y por otro lado otros seres se encargasen de proteger esa intromisión.  La batalla seguía y parecía que los seres oscuros estaban destruyendo la barrera del cielo. Ya nada se podía hacer, la perdición era algo próximo para los habitantes del mundo o también conocido como Therr. De pronto uno de los alados se acercó hasta mí, tenía alas de águila y era el joven que lloraba tras el mueble del granero. Me miró detenidamente comenzó a llorar y me arrojó las aves de plata de mi difunto hijo. En sólo segundos desperté de las visiones y me encontraba en el suelo del granero. Me paré después de unos minutos, tomándome la cabeza por la terrible jaqueca. Fui hasta la tumba de mi hijo y las aves de plata estaban allí, pero llenas de sangre y con una nota, que decía:

   Hicimos lo que pudimos, provenimos del futuro y combatimos cada vez que podemos a los demonios de Epimorden. Pero algún día destruirán la barrera que protege a los homonabis y ese día, la extinción de su raza será una realidad. Te amo padre, nunca te he olvidado y ahora soy un guerrero de sitios que tú jamás entenderás hasta que estés muerto. No te preocupes por mí, seguiré luchando por los eones de los eones de la eternidad. Pero por favor no intentes algo estúpido, esto es real. Por favor que este mensaje le llegue a todos los humanos, no dejes que el escepticismo te domine, confía en tu verdad.


    Después de leer la carta, pensé en todo lo que me había dicho este ser que se nombraba como mi hijo. La única solución para lo que había vivido era una bala en mi cerebro y sólo así podría reunirme con mi amado hijo en el más allá. No me importaba la extinción de los humanos, lo único que me importaba era mi amado niño. Pero igualmente  todos conocerán la verdad y dejaré esta carta para que se sepa la verdad y que se conozca  sobre la batalla que será librada por los eones del existir. Algún día un forastero encontrará mi hogar abandonado y leerá estas predicciones ominosas y sólo allí será cuando el destino incierto de los humanos pueda ser cambiado, sólo cuando un elegido encuentre estas letras de poder. 

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Las aves de plata by Damian Fryderup is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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sábado, 3 de agosto de 2013

Los hijos de Jigrah


    Recuerdo bien las historias horripilantes que contaban los ancianos del pueblo, pero jamás pensé que fuesen reales. Todo cambió cuando quedé varado en aquel desierto después de hacer algo que no debía haber hecho.
    Cuando me dirigía por la ruta nacional directo hacia “Olans Fils”, nunca imaginé que me toparía con la peor de las escenas. Un terrible accidente había captado la atención de varias personas en la carretera. Una mujer había volcado su auto por esquivar a un hombre que se había quedado dormido-algo que ocurría a menudo en aquella ruta-, la mujer por obra de los dioses compasivos había sobrevivido, pero el pobre tipo que se introdujo en los mundos mortuorios, dado que no había quedado en buenas condiciones. Los peritos estaban sacándolo con cucharas prácticamente, restos de carne estaban dispersos por el pavimento, un pie asomaba desde la masa de fierros que había sido en un pasado un coche. Al parecer el tipo chocó de frente contra una enorme roca que estaba en la banquina de la ruta que conducía a Olans. Este sitio era desértico y estaba repleto de rocas enormes que ocasionaban constantes muertes a personas que solían chocar contra ellas por causas similares a las del tipo reventado. Mi cabeza podía procesar bien las imágenes desagradables y morbosas, eso no me impresionaba, -en la guerra había visto cosas peores-. Pero dicen que mientras más viejo, más sensible es el corazón y por alguna razón esa noche sentí nauseas al ver al pobre hombre que parecía carne picada lista para ir al mercado. Es que este tipo no tenía forma de nada, ni una bomba podría haber despedazado de tal manera a una persona-su sangre es un recuerdo notable en mi mente-. Aquella carretera era un mar rojo repleto de viscosidad y sesos que aquel condenado.
   Aquella horrible escena me hizo pensar en lo peor y no quise seguir viajando, por eso decidí pasar la noche en el primer nido de ratas que encontrase. Seguí mi camino después de la escena horrible, mientras que más personas se asomaban a ver el espectáculo de carne molida y metal compactado que había quedado en la ruta.
   Después de una hora de viaje y aún no podía encontrar ningún lugar para pasar la noche, era como si el destino no quisiese verme en un sitio de mala muerte. No tenía más alternativa que seguir viajando hasta encontrar algún sitio o hasta que el sol me diese su cordial saludo cuando se arrimase en el horizonte. Todo marchaba extrañamente bien y hasta me había olvidado del accidente, pero de pronto sentí que mi auto se ladeaba hacia un lado. Pensé en frenar para ver si había pinchado un neumático, y mi destino coincidía con este pensamiento. La maldita rueda había tenido una cita con un enorme trozo de metal que se encontraba en la carretera (un posible resto de otro accidente). Creo que aquel puto día fue el más despreciable de todos-lo escupo en la cara a ese maldito día-. Muchos pensarán que soy un completo idiota por no llevar rueda de auxilio,-¿pero acaso los humanos no estamos hechos para equivocarnos?-. Ese día tenía todas las letras puestas para que lo peor aconteciese en mi vida. Me encontraba en medio de una ruta plagada de nada y escoltada por un enorme desierto que albergaba vida apta para él y no para un humano insipiente como lo era yo. -¿Qué era lo que podía hacer más que insultar al vacío del lugar?-, no tenía nada como para poder defenderme de aquel problema. Y como si fuese poco ya nadie pasaba por la carretera a esas horas. Lo único que me quedaba como opción era caminar hasta la siguiente parada, pero allí es donde mi cerebro formulaba preguntas, ¿A cuánto está el próximo paradero? ¿Por qué mierda eres tan imbécil? ¿Acaso tienes mierda en vez de cerebro por no traer una simple rueda de auxilio? No iba a discutir con mi amigo, él tenía razón, yo me había ganado el concurso al idiota de la carretera.
   Decidí hacer lo incorrecto y caminé y caminé por la banquina de la enorme ruta. A pesar de que la noche gobernaba por allí, la vida nocturna podía llegar a ser muy escalofriante. El descenso de la temperatura del desierto era terrible y se escuchaban los chillidos de millones de insectos-quizá peligrosos, quizá no tanto-, también de serpientes y uno que otro carnívoro aullaba a la luz de la luna. La oscuridad no era un problema, dado que la luna llena teñía todo el firmamento con su poderosa luz. Podía ver a la perfección la nada del desierto y eso fue lo que ayudó a mi ruptura emocional.  Mientras caminaba, miraba hacia los costados y tras mi espalda para estar alerta de cualquier peligro de la naturaleza. Y en un momento cuando miré hacia mi derecha pude notar algo extraño en el horizonte. Era algo que no encajaba con el ecosistema de aquel lugar. Era un enorme y marchito árbol, que se encontraba situado en medio del desierto. Sé que nunca tendría que haber ido hacia aquella anomalía del cosmos, pero no pude contenerme y me dirigí hasta el titánico árbol. Este organismo era enorme, casi del tamaño de un edificio, algo realmente tétrico. Para nada era una maravilla, puesto que aquel árbol irradiaba malos augurios,-en realidad todo aquel entorno lo hacía-. Caminé unos minutos y ya casi estaba cerca de aquella abominación ciclópea, cuando de repente escuché ruidos que jamás había escuchado. Eran pertenecientes a seres con vida, pero de lo más extraños. Eran sonidos guturales y gemidos extraños, como si se tratasen de animales que jamás existieron en la tierra. Decidí esconderme detrás de una roca (por si acaso). Y desde allí vislumbré de qué trataba toda esa extraña escena en el desierto. El árbol parecía estar muerto pero para nada era así, este engendro chorreaba algo similar a la sabia, pero de color rojo y parecía contraerse como si fuese de carne. Nunca había visto nada similar, aquel árbol no estaba compuesto por madera, estaba compuesto por restos humanos. -¿Qué mierda era lo que pasaba, creo que jamás lo sabré?-. Pero para empeorar las cosas bajo este árbol había gente que agonizaba y que estaba enterrada en la tierra del áspero desierto. Sólo hasta la mitad, y parecía ser que el árbol les extraía la sangre con sus raíces. Todas las víctimas de este engendro gemían, pero no hablaban ni una palabra y eso se debía a que una masa viscosa y de color verde brillante se encontraba en las bocas de todas las personas. La situación era desagradable, peor que el accidente en la carretera.
   Por mucho que lo pensase no podía comprender qué era lo que sucedía. Jamás en mi vida había visto algo tan horripilante,-¿un árbol que chupaba la sangre de la gente con sus raíces?- que posibilidades de cordura quedaría para mí después de haber visto aquello.
   Seguí viendo atónito toda la macabra escena, cuando sin previo aviso desde el cielo emergieron unas criaturas quiméricas que jamás hubiese concebido mi mente. Llegué a pensar que tanto caminar por el desierto había arrebatado mi cordura, pero no era así, todo era real. El árbol, los agonizantes y las criaturas de pesadillas que acababan de aparecer desde el cielo. Aquellos engendros no tenían alas, volaban por medio de quién sabe qué parte anatómica inexistente para un humano. Eran alrededor de diez y de un tamaño enorme, no como el del árbol pero sí de proporciones gigantes. Quizá de la forma de cinco hombres o quizá más, lo cierto era que tenían tres cabezas horrendas y diferentes. Inscripciones talladas en la carne,-como oraciones inconclusas y del todo ilegible-, y sus cuerpos eran de forma circular--, de forma circular, esférica como si fuesen enormes bolas con tres cabezas plagadas de inscripciones en la carne y que volaban de alguna forma extraña. Estas criaturas se comunicaban entre ellas y parecía que flotaban mientras más se acercaban al árbol.
   Pero aún no terminaba toda la función macabra, una vez que el árbol vampírico se sació con la sangre de sus víctimas la tierra comenzó a temblar y desde ella emergieron enormes raíces dentadas con bocas circulares y parecidas a las de las lampreas. Estas bocas se aunaron de las criaturas circulares. Cada uno de estos engendros tenía en el centro de su cuerpo esférico un orificio que se habría para dejar que las raíces dentadas se introduzcan dentro de ellos. Una vez que la fusión de carne corrompida terminase, las criaturas voladoras comenzaron a marchar hacia el cielo. Lentamente se elevaron llevándose al enorme árbol inmundo-que tenía la costumbre de las sanguijuelas-. No sabía qué mierda pensar de todo lo que estaba presenciando y muchas veces pensaba en la pobre gente que fue presa de aquella aberración del universo. Poco a poco se alejaron del lugar llevándose al árbol y gimiendo a la luz de la luna. Lo único que había quedado en aquel lugar eran los cuerpos secos y consumidos de las personas asesinadas. Una imagen horrible, todos ellos con rostros cadavéricos y consumidos, todos ellos sin sangre, secos como si su alma también hubiese sido chupada.
   Nada podía hacer más que retirarme de aquel sitio y seguir vagando por el desierto. Caminé de vuelva hasta la carretera, acompañado de miles de pensamientos voraces que lo único que me decían eran insultos, por no haber tenido una simple rueda de auxilio. Mi mente fue arrebata por un simple error humano, por quedar varado en aquel lugar infernal. Pero no podía hacer otra cosa que seguir caminando.
  Pasó el menos una hora y mi noche mejoró un poco, puesto que un enorme camión frenó para alzarme. Mis padres siempre me dijeron que no confíe en un extraño pero no titubé un instante en romper esa enseñanza.  El hombre del camión era regordete y con bigotes, tenía un enorme gorro de lana inadecuado para la época y algo de él me decía que podría llegar a ser una posible amenaza, pero no tenía alternativa. Nos saludamos cordialmente y me dijo que el pararía en la próxima estación. Nada era mejor que eso, no podría negarme a esa ayuda que el destino me estaba propiciando. Después de intercambiar algunas palabras no recuerdo más de la situación puesto que me dormía, aquella noche había sido agotadora para mi mente.

   Cuando desperté al otro día, algo marchaba bien pero a la vez era extraño. Me encontraba en un lugar cómodo, me hallaba en una cama de un pequeño hotel. No lograba entender qué era lo qué había sucedido. Pensé de pronto que el camionero me había robado, pero no me faltaba nada y lo más importante mi ano estaba intacto. Pero… ¿por qué me hallaba allí?, un gran misterio como la verdadera historia que me envolvió. Cuando salí del hotel fui a hablar con el encargado y le pregunté varias cosas. Y de todo lo que hablamos algo arrebató por completo mis límites mentales de lo normal a lo anormal. El joven encargado me contó sobre una historia de la zona, sobre un viejo camionero que se encarga de secuestrar gente a la cual escondía en su contenedor. Luego las llevaba hasta un árbol, y nadie volvía a saber de ellas. Cuando me contó esto supe que yo era un afortunado de la vida y supe que los dioses me favorecían. Nunca olvidaré la noche en la que fui testigo de un ciclo interminable en el cual un hombre alimentaba a entidades extraterrestres para quién sabe qué fin. Y nunca estaré tan agradecido con ese camionero, que al finalizar con su trabajo me alzó y me dejó en el hotel no dejando rastros de él, pero dejándome como advertencia que la próxima vez podría ser yo el desafortunado si pasase nuevamente por aquel sitio. Todos los del círculo sabían que yo había sido uno de los pocos que pudo ver un espectáculo inimaginable y maligno. Las secuelas jamás se han ido de mi mente, siempre suelo tener horribles sueños en los que se aparecen aquellas criaturas circulares que son llamadas como, -“Los hijos de Jigrah”-. Siempre sueño lo mismo y siempre tengo la esperanza de que algún día los supremos vengan por mí como me lo dicen sus hijos en mis sueños. Sé que ellos querían que viese todo aquel espectáculo y sé que seré el próximo para una tarea importantísima. Y jamás olvidaré aquel ser vampírico, aquel engendro del cosmos. Nunca dejaré de recordar -al árbol de los agonizantes-.

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viernes, 12 de julio de 2013

La gente de Daramhon



    Cuando puse el revolver en mi puta cabeza pensé en gatillar, pero al final me di cuenta que era un cobarde y que no podía hacerlo. Quizá-también-lo que me impidió hacerlo fue el saber que mamá estaba pasando un momento crítico en su vida y que nos había convocado a todos sus hijos para una reunión final. Eso era lo único que tenía en mente, llegar a Paramorth,-mi ciudad natal, el lugar donde me había criado-. Me dirigía con mi viejo automóvil por la carretera cruzando los límites de la ciudad para marchar directo a mi sitio natal. Manejé por horas y sin darme cuenta me había quedado sin whisky y cigarrillos, algo trágico en mi vida. Estas drogas me salvaban de muchas cosas, no del suicidio, pero sí de la constante depresión que gobernaba mi puta vida.

   La noche ya imperaba en toda la zona y podía ver cómo me avizoraban miles de árboles muertos en la carretera principal hacia Paramorth. Muchos camioneros de la zona aledaña contaban historias extrañas sobre la ruta, como la famosa historia del perro negro que se cruzaba y luego el que lo veía tenía un terrible accidente. Pero pesé a mis delirios mentales no creía en esas mierdas que contaba la gente de mierda. Lo único que presentía de aquella ominosa noche era que algo raro iba a ocurrir, el viento soplaba de manera extraña y las sombras de los arboles parecían cobrar vida y escurrirse por todo el suelo agrio de aquel lugar. Lo extraño de todo eran los putos árboles-aún lo sigo repitiendo- era como si estuviesen muertos en vida y resentidos con la humanidad. Mientras conducía, tenía la ventanilla abierta y podía escuchar como chillaban las ramas de los condenados árboles avejentados y marchitos. En aquella noche la luna nunca se había asomado y sólo algunas estrellas se podían notar en el firmamento teñido de nubarrones extraños.

    Ya había marchado varios kilómetros y el indicador de combustible me avisaba que debía parar. Lo único que tenía a pocos metros era un paraje llamado “525” un nombre común y sin rodeos. Era algo en lo que no vacilaría por un segundo, tenía que parar en aquel sitio para cargar combustible y marcharme pronto; no podía perder tiempo.
    Cuando llegué al paradero me topé con una extraña situación que llamó mi atención, sólo algunas luces iluminaban la estación y tres ancianos horribles se encontraban sentados en la entrada del lugar. Las bombas de combustible estaban con candados, por lo tanto no tenía más alternativa que socializar con aquellos viejos inmundos. Estacioné en la zona de aparcamiento y bajé del coche, me dirigí hasta donde los ancianos y dos de ellos se habían retirado, decidí pedirle que me cargase combustible para poder seguir mi viaje.
   -Hola señor-le dije.
   Tardó unos segundos en contestar, era como si le costase hasta hablar por su extremada vejez.
   -Hola, joven-me contestó, amablemente.
  -Necesitaría algo de combustible, por favor…
  -Lo siento, pero no va a poder ser.
  -¿Qué? ¿No me diga que no queda combustible?
  -Nada, se nos acabó hoy por la mañana. Y los proveedores no vendrán hasta mañana por la mañana.
  Me tomé la cabeza y sentí tantas ganas de matarme que casi uso el revolver que llevaba en el auto. Todo estaba marchando mal, ahora me tendría que quedar en aquella mierda de lugar, para pasar la puta noche.
  -Yo le aconsejaría que pase la noche aquí-me dijo el viejo.
  Lo miré detenidamente y cada vez me daba más asco. No era un anciano común como lo era mamá. Este viejo tenía toda su cara plagada de pecas y algunas verrugas, su nariz era enorme similar a la de los duendes. Tenía dentadura, pero casi toda era de color negro, cada vez que hablaba emanaba podredumbre desde su boca. Sus ojos eran celestes-quizá lo único normal- y su boca era tan enorme que parecía ser una mezcla entre un ario con un negro africano. Sus rasgos eran deplorables similares a los de un chimpancé, tenía un sombrero antiguo y destrozado. Vestía un pantalón gastado y lleno de aceite de autos, tenía lentes enormes y cuadrados que resaltaban sus ojos y una enorme cicatriz en su pómulo izquierdo sobresalía de su rostro. Y lo más asqueroso era que este viejo tenía una horrible panza que lo delataba con el resto de su cuerpo, dado que era extremadamente flaco pero sólo esa zona formaba una protuberancia. Después de calificarlo a simple vista como deplorable físicamente, decidí contestarle.
  -Tiene razón.
  Me miró unos segundos  y comenzó a pensar detenidamente sobre algo que sólo él sabía. Luego me habló nuevamente.
  -Si quiere puede pasar la noche aquí. Pero no es recomendable.
  -¿El lugar es peligroso?-le pregunté.
  -Sí.
  -Bien… ¿Qué me recomienda?
  Cuando me iba a contestar sonó el teléfono de la estación y el viejo cateto se levantó de la silla de forma rápida, algo notable y extraño para una persona de su edad. Esto fue el primer indicio de una noche extraña. Parecía un joven de quince años, frenético y sin ningún inconveniente al levantarse de aquella silla podrida. Cualquier persona tan avejentada estaría tomándose la espalda después de levantarse de una silla de forma rápida, pero este viejo no aplicó ninguna queja.
    Después de unos minutos el viejo volvió desde el interior de la estación y sin que le preguntara nada, me recomendó un hospedaje cercano.
  -Joven. Le recomiendo que pase la noche en un hotel pequeño de por aquí.
  -Está bien-le dije- ¿Pero dónde estoy?
  -Se encuentra en la “Parada 525”. Pero exactamente estamos en las cercanías de “Daramhon”.
  Esto se tornaba más extraño que aquel anciano, Daramhon era un pueblo de leñadores,-que según mis conocimientos-había desaparecido hace años. La última vez que había escuchado sobre este sitio fue cuando era pequeño. Pero el viejo parecía no mentir, además por qué no confiar en un anciano casi a punto de morir.
  -Muy bien, sólo deme la dirección del hotel y ya mismo me retiro.
  -Es fácil de llegar. Sólo gire a la derecha del cartel que dice: “Bienvenidos a Daramhon” el mismo que se halla en la entrada de la parada.
   No comprendía que mierda sucedía, dado que cuando llegué a la parada no había ningún cartel, pero según el anciano tenía que usar como referente dicho cartel para llegar hasta el hotel.
  -Pero señor… Cuando llegué hasta esta parada no había ningún cartel.
  El viejo dibujó una macabra sonrisa en su rostro y me dijo.
  -No bromeé conmigo señor “Dante”. A él no le gustan las bromas.
  Cuando dijo mi nombre el miedo gobernó mi situación.
  -¿Cómo dijo?-le pregunté con pavor.
  -Que debe girar a la derecha.
  El viejo sin dudas estaba jugando conmigo. Pero qué vileza podía contener este anciano para decir aquellas palabras ominosas.
  -Usted dijo mi nombre.
  -Señor no juegue conmigo soy sólo un anciano.
  -¡Yo lo escuché!-exclamé.
  -Por favor, señor… no me haga daño sólo quiero ayudarlo.
  -Tú dijisteis mi nombre ¿Cómo mierda sabes mi nombre?
  -Le voy a pedir que se marche. Ya estoy viejo para estas idioteces.
  -Eso es exactamente lo que haré.
   Me retiré furioso y con miedo de aquella estación, mientras el viejo se introducía en ella riéndose por debajo de sus manos. Algo extraño y oculto escondía este sitio y lo único en lo que pensaba era en dormir para poder irme por la mañana.

   El viejo tenía razón, había un cartel pero yo estaba seguro que cuando había llegado al paradero no estaba. Aún no sabía que escondía aquel sitio pero presagiaba que la noche lo delataría y que al fin descubriría que pasaba por aquellos lugares.
   El hotel no fue difícil de encontrar, pero más que un hotel parecía un nido de ratas. Creo que a esas alturas no me quedaba alternativa y no podía pedir nada mejor que aquella porquería. Este sitio de hospedaje estaba cercano al bosque, centenares de árboles lo rodeaban y a las afueras había varias hachas desafiladas y pequeños arboles recién cortados. Era cierto que este pueblo era conocido por ser un lugar de leñadores. Lo extraño era que aún no había visto a esos hombres robustos y cargados de fuerza que se encargan de cortar árboles más grandes que un automóvil. Las únicas personas que había visto eran ancianos, el viejo que sabía mi nombre y los otros dos que parecía que habían huido al verme en un principio de mi llegada.
   Estaba en el umbral de la puerta del hotel, con mis bolsos en cada mano para pasar la noche y toqué tres veces al timbre. En segundos me atendió un anciano de color negro. Este viejo estaba lleno de pecas como el anciano de la estación, tenía una nariz ancha como de boxeador, sus labios eran gruesos y sus brazos casi le llegaban hasta el piso. Tenía postura encorvada, piernas débiles y cortas. Sus ojos eran negros como la misma noche y su vestimenta era mucho mejor que la del viejo que sabía mi nombre. Sin que yo le hablara, me dirigió la palabra.
  -Hola, joven.
  -Hola.
  -¿Desea pasar la noche?
  -Claro.
  -La noche son sólo diez monedas.
El precio era un regalo, lo único bueno de la noche.
  -Me parece correcto. Ya mismo le pago.
  -Bien joven. Le aseguro que el servicio no lo defraudará.
Le pagué al instante con cambio, para no recibir nada de aquel esperpento y en un acto seguido me condujo de inmediato a mi habitación.
 -Pase por aquí joven.
  En aquel momento esperaba ver algún muchacho, puesto que por lo general los empleados que llevan los bolsos en los hoteles son gente joven, deben serlo por la fuerza que deben ejercer. Pero nada cambiaba en aquel hotel, dado que el que recibió mis bolsos era otro anciano similar al anterior sólo que de piel blanca. En ocasiones pensé vivir en aquel sitio, ya que todos los ancianos de allí eran gente llena de vigor, quizá la tierra les daba vitalidad. El viejo que llevó mis bolsos parecía tener más fuerza que yo, y su cuerpo demostraba lo contrario.
Deje pasar eso de los ancianos y me acomodé en mi habitación que se encontraba en el segundo piso al fondo del pasillo. Para ser un nido de ratas el sitio era grande y acogedor, por lo menos no había cucarachas. Lo único malo era una hediondez que provenía del baño. Quise dormir pero no pude, por aquel hedor. Me dispuse a ver que producía tales tufos, y cuando me levanté de la cama y miré en el baño, encontré el escusado repleto de gusanos amarillos y de mierda por todo el lugar. Sabía que algo malo iba a tener aquel sitio de mala muerte. -¿Qué podía hacer más que cerrar la puerta y dormir?- Ni loco limpiaría toda la mierda del sitio, lo mejor era pasar la noche y despedirme para siempre de aquel lugar por la mañana.

   Cuando estaba a punto de cerrar los ojos escuché unos murmullos en las afueras del hotel. Mi ventana daba justo a un patio trasero, en el cual depositaban leña. Me levanté de la cama para escuchar de qué hablaban las personas de las afueras. Una vez que estaba cerca de la ventana espié por ella. Pude ver otros ancianos -nada nuevo- y noté como berreaban entre ellos y a la vez cortaban enormes troncos. Algo que seguía siendo de los más extraño-¿cómo podía ser que dos débiles viejos pudiesen hacer un trabajo tan pesado?- Los dos ancianos no parecían sufrir al cortar la madera, era como si fuesen fornidos leñadores de leyenda. La vitalidad de aquellas personas causaba miedo en mí, cada vez me acercaba más al desenlace de algo aterrador. Al principio pensé que la gente de la zona era vigorosa, pero después me di cuenta que todo marchaba mal. Los dos ancianos hablaban entre ellos, pero en un idioma que jamás había escuchado. Más que palabras parecían dialectos de trogloditas, era como si dos perros estuviesen peleando por un hueso. Traté de no delatar mi posición desde la ventana para seguir espiando a los dos viejos vehementes. Todo marchaba bien cuando comencé a oír voces en el pasillo, esta vez podía escuchar claramente el idioma normal. Había cambiado mi posición de la ventana por la posición de la puerta que daba hacia el pasillo. Y escuché a dos viejos que recitaban cosas extrañas y ominosas para mi mente. Podía oír como uno de ellos le decía al otro que todo estaba preparado y que pronto el señor “Uhbbe” tenga su bocado. No sabía qué mierda era el significado de la conversación y jamás había escuchado de un nombre así, lo que pasaba allí no era algo normal y no dudé un instante para darme cuenta que todo estaba empeorando. Para no llamar la atención volví hasta la cama y me tapé presurosamente, para simular que estaba dormido. En cuestión de segundos entró el anciano que me había alquilado la habitación, me miró unos segundos y bajó corriendo. Esto era lo único que necesitaba mi mente para darme la orden de correr. Me destapé lo más rápido que pude  y abrí la ventana que daba al patio. Me escabullí por ella y cuando volteé para ver al interior de hotel una horda de ancianos con palos y cuchillos estaba en mi habitación. Berreaban entre ellos y discutían, pero todo cambió cuando me vieron por la ventana, no titubee y me tiré del segundo piso al patio del hotel, para mi desgracia caí sobre un tronco y me rompí la pierna-que maldita desgracia-, tantas veces había pensado en quitarme la vida y ahora estaba luchando por ella, la puta ironía gobernaba mi situación. Muchas cosas vagaban por mi mente, pero pensaba-¿Cómo podía ser que estos ancianos fuesen tan despiadados? ¿Qué fuerza cósmica los gobernaba? ¿Quién era el tal Uhbbe?-. Todo tenía que ser una puta pesadilla, nada más que eso –pensaba- pero todo era tan real como mi pierna rota.
    Quedando tirado en aquel patio los ancianos poderosos no tardarían en despedazarme, el gélido aire del bosque acariciaba mi rostro, dándome consuelo de mi posible  cercanía  a la muerte. Las voces de los viejos se escuchaban cada vez más cerca y en sólo segundos, decenas de ancianos surgieron del bosque marchito y del hotel. La mayoría de ellos no hablaba nuestro idioma, sólo berreaban entre sí y se miraban los unos con los otros. No podía creer lo que estaba viendo en esos momentos, un ejército de viejos sedientos de mi sangre, un bosque marchito que parecía estar plagado de maldad y un frío arrasador que me servía de consuelo. Sólo aguardé mi segura muerte por manos de aquellos viejos que no eran de este planeta o que estaban corrompidos por fuerzas mayores. Pero cuando pensé que todo estaba perdido, todo se fue aún más por la borda. Desde las entrañas del bosque salieron más ancianos comandados por uno, muy peculiar, que portaba un amuleto enorme con la forma de un gusano. Este viejo ancestral les habló a todos en su idioma y los festejos y chiflidos se oyeron a leguas. Lo único que podía entender era que mi captura había generado alegría entres los ancianos. El viejo del amuleto vestía como cualquier anciano normal, pero la diferencia estaba en su cuerpo. Desde las mangas de su camisa brotaban infinidades de gusanos amarillos y a punto de estallar como los que habían en el baño del hotel. Y no sólo de sus mangas, sino de todo su cuerpo, este viejo era como un engendro que producía constantemente aquellas cosas repulsivas.
  De pronto dos ancianos se acercaron hasta mi ubicación y me tomaron de las extremidades. Cuando me alzaron un tercero me pegó con un palo en la cabeza y no recuerdo nada más de aquella situación.

    No tenía idea cuánto había transcurrido, pero seguro que mucho tiempo. Cuando desperté me encontraba rodeado de ancianos desnudos, algo realmente asqueroso. La mayoría de estos engendros estaban llenos de gusanos por todos sus cuerpos. Además había antorchas clavadas en el piso del lugar en el que me encontraba. Este sitio era en las entrañas del bosque y cercano al lugar había una enorme entrada a una cueva. No se podía ver nada para adentro de la cueva, dado que la luz escaseaba. Yo por otro lado, estaba atado a un poste enorme y rodeado por los ancianos horrendos, que más que humanos parecían fallidas creaciones de algún dios arcaico. Mientras todos los viejos bailaban desnudos alrededor mío, el viejo del amuleto tenía un libro esotérico del cual escupía conjuros aterrorizantes. Era presagiado mi fúnebre destino, sabía que nada iba a terminar bien para mí. Lo único que podía hacer era resignarme y presenciar mi propio sacrificio. Mientras más invocaciones vomitaba aquel anciano, más gusanos salían de su cuerpo, además el cielo comenzó a mutar de manera extraordinaria. Se formaron nubes jamás vistas y un tifón de energía generó un enorme portal proveniente del cielo para que caiga sobre la entrada de la cueva, un destelló ciclópeo vasto para crear tal anomalía del universo. Sabía que estaba a punto de morir, pero por otro lado estaba excitado por presenciar aquellos ritos ancestrales. Ningún humano jamás hubiese imaginado tal espectáculo macabro, me sentí parte de la obra y quería morir para seguir conociendo más de todo aquello. Seguí mirando el juego de la muerte y del portal emergió un encapuchado que no parecía ser humano. Los ancianos se acercaron hasta él y le quitaron la capucha, mi sorpresa fue enorme dado que lo que vi puede llegar a costarle la cordura a cualquier ser humano. Este ataviado era un gusano horrible, gigante y amarillo, que portaba manos que provenían de tendones podridos que estaban insertados en su cuerpo. Con aquellas extremidades tenía en su poder un bastón rarísimo y un libro que poder.  Aquella abominación del cosmos hablaba el mismo idioma barbárico que los ancianos. Y por razones que desconozco, parecía ser que estaba enfurecido con sus acólitos. Mientras este engendro les hablaba todos se arrodillaban y suplicaban.

    Mi suerte había cambiado un poco y la cuerda que me atrapaba comenzó a aflojarse y aproveché la oportunidad de escapar. Mi presencia ya no era requerida en aquel sitio del infierno, pero mi maldición sería por eones. Huí como pude-con mi pierna rota- por aquel espeso y marchito bosque mientras miraba a mis espaldas como el cielo se enfurecía con aquel lugar maldito. Troté de forma insólita casi con una pierna y cuando quise darme cuenta tenía a todos los ancianos siguiéndome nuevamente, esta vez desenfrenados con una furia atroz. Quizá el miedo me ayudó, o quizá aquella bestia de los portales desconocidos me quiso con vida. Lo único que sabía era que debía escapar de los ancianos sedientos de sangre. Era irónico como un simple descuido les podía costar caro y más irónico era como yo trataba de salvar mi vida. Fueron tantas las veces que pensé en el suicidio, que ya no lo recuerdo.
   Logré llegar al automóvil pero recordé que no tenía combustible, lo único que podía hacer era pensar rápido. Lo primero que pasó por mi mente fue esconderme y fue lo único que pude hacer. Había varios troncos enormes que me sirvieron de maravilla, al menos algo bueno había conseguido. Me acurruqué entre los troncos, arriesgándome a morir aplastado por los mismos, pero cuál era la diferencia -de todas maneras ya estaba muerto-. Al parecer eran fuertes, pero la mente se les había deteriorado, no pudieron encontrarme y pasaron de largo, siguiendo por el bosque para cazar a quién sabe qué persona imaginaria. Mi cabeza estaba por explotar por tanta locura en una noche y me desmayé.
   Al otro día desperté casi congelado por el frío que me azotó. Con las pocas fuerzas que me quedaban me dirigí como pude hasta la estación a buscar combustible. Lo extraño era que ningún anciano se encontraba por la zona. Sólo habían miles de gusanos por todos lados, agonizando. No me detuve a pensar qué era aquel espectáculo de insectos. Sólo robé la nafta y me dirigí al auto para cargarlo. En un santiamén tenía combustible nuevamente.
    Dejé todo atrás, no me percate de las maletas ni de nada, sólo encendí el motor y enfilé a la carretera.  Aceleré a fondo y cuando estaba a punto de conectarme con la ruta choqué a un anciano desquiciado, que emergió sin previo aviso. Lo único que quedó en la chapa del auto fueron gusanos y sangre. Por razones que nunca me perdonaré, bajé para ver al viejo y este me habló, agonizante al borde de la muerte.
  -Lo arruinasteis…
  El condenado escupía sangre con gusanos y el viejo era el dueño de la estación, el maldito anciano que sabía mi nombre y que estaba jugando conmigo desde un principio.
  -Vete a la mierda…
  -El señor Uhbbe, enfureció. Y tú lo arruinasteis…
  -¿De qué me hablas viejo inmundo?-le pregunté con violencia.
  -Él es un regente de los mundos distantes. Sólo él podía darnos la vida eterna.
  -No entiendo de qué hablas. Pero lo único que sé es que te vas a morir.
  -Tu comprensión jamás lo entenderá. Nuestro señor, es un supremo. Y los supremos se conforman con sangre…
  Cuando el viejo dijo su última palabra explotó tiñéndome de sangre y gusanos, los cuales se esparcieron por todo el suelo. Mi locura me estaba consumiendo, tenía que huir de allí lo más rápido posible. Ya nada era seguro en aquel sitio. Me subí nuevamente al coche y salí raudo de aquel lugar infernal.

    Pude escapar de mi posible muerte, ahora más que nunca aprecio mi vida. Pese a que estoy internado en el hospital psiquiátrico, no dejo de pensar en mi familia y en lo valioso que es la vida. Jamás podré reactivarme después de lo vivido aquella noche. Le tengo miedo a la gente, estoy recluido. Una terrible fobia a los gusanos corrompe mi mente. No hay día que no recuerde el nombre de “Uhbbe”. Pero hay algo a lo que siempre temeré, un miedo ridículo, algo que nadie imaginaría, algo que no cabe en la mente de un humano -el temor a los ancianos-. Desde aquella noche, al día siguiente que partí llegué a mi casa y vi a mi madre, me recordó tanto a los malditos que me querían matar, que no dudé un instante y la maté. Mis hermanos me golpearon hasta dejarme escupiendo sangre y luego me denunciaron. Las autoridades me declararon en estado de locura.
    Ahora que me encuentro recluido de la sociedad en el hospital Lewinsthon.  Nunca he dejado de repetir el nombre del gusano enorme, el maldito “Uhbbe”. Creo que mi alma nunca se aliviará más que con la misma muerte, después de pensar día a día en lo que le hice a mi propia madre. Quizá hubiese sido mejor el suicido y eso podría haberme liberado de haber conocido mi fallido destino y peor aún, a -“La gente de Daramhon”-.




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