viernes, 12 de julio de 2013

La gente de Daramhon



    Cuando puse el revolver en mi puta cabeza pensé en gatillar, pero al final me di cuenta que era un cobarde y que no podía hacerlo. Quizá-también-lo que me impidió hacerlo fue el saber que mamá estaba pasando un momento crítico en su vida y que nos había convocado a todos sus hijos para una reunión final. Eso era lo único que tenía en mente, llegar a Paramorth,-mi ciudad natal, el lugar donde me había criado-. Me dirigía con mi viejo automóvil por la carretera cruzando los límites de la ciudad para marchar directo a mi sitio natal. Manejé por horas y sin darme cuenta me había quedado sin whisky y cigarrillos, algo trágico en mi vida. Estas drogas me salvaban de muchas cosas, no del suicidio, pero sí de la constante depresión que gobernaba mi puta vida.

   La noche ya imperaba en toda la zona y podía ver cómo me avizoraban miles de árboles muertos en la carretera principal hacia Paramorth. Muchos camioneros de la zona aledaña contaban historias extrañas sobre la ruta, como la famosa historia del perro negro que se cruzaba y luego el que lo veía tenía un terrible accidente. Pero pesé a mis delirios mentales no creía en esas mierdas que contaba la gente de mierda. Lo único que presentía de aquella ominosa noche era que algo raro iba a ocurrir, el viento soplaba de manera extraña y las sombras de los arboles parecían cobrar vida y escurrirse por todo el suelo agrio de aquel lugar. Lo extraño de todo eran los putos árboles-aún lo sigo repitiendo- era como si estuviesen muertos en vida y resentidos con la humanidad. Mientras conducía, tenía la ventanilla abierta y podía escuchar como chillaban las ramas de los condenados árboles avejentados y marchitos. En aquella noche la luna nunca se había asomado y sólo algunas estrellas se podían notar en el firmamento teñido de nubarrones extraños.

    Ya había marchado varios kilómetros y el indicador de combustible me avisaba que debía parar. Lo único que tenía a pocos metros era un paraje llamado “525” un nombre común y sin rodeos. Era algo en lo que no vacilaría por un segundo, tenía que parar en aquel sitio para cargar combustible y marcharme pronto; no podía perder tiempo.
    Cuando llegué al paradero me topé con una extraña situación que llamó mi atención, sólo algunas luces iluminaban la estación y tres ancianos horribles se encontraban sentados en la entrada del lugar. Las bombas de combustible estaban con candados, por lo tanto no tenía más alternativa que socializar con aquellos viejos inmundos. Estacioné en la zona de aparcamiento y bajé del coche, me dirigí hasta donde los ancianos y dos de ellos se habían retirado, decidí pedirle que me cargase combustible para poder seguir mi viaje.
   -Hola señor-le dije.
   Tardó unos segundos en contestar, era como si le costase hasta hablar por su extremada vejez.
   -Hola, joven-me contestó, amablemente.
  -Necesitaría algo de combustible, por favor…
  -Lo siento, pero no va a poder ser.
  -¿Qué? ¿No me diga que no queda combustible?
  -Nada, se nos acabó hoy por la mañana. Y los proveedores no vendrán hasta mañana por la mañana.
  Me tomé la cabeza y sentí tantas ganas de matarme que casi uso el revolver que llevaba en el auto. Todo estaba marchando mal, ahora me tendría que quedar en aquella mierda de lugar, para pasar la puta noche.
  -Yo le aconsejaría que pase la noche aquí-me dijo el viejo.
  Lo miré detenidamente y cada vez me daba más asco. No era un anciano común como lo era mamá. Este viejo tenía toda su cara plagada de pecas y algunas verrugas, su nariz era enorme similar a la de los duendes. Tenía dentadura, pero casi toda era de color negro, cada vez que hablaba emanaba podredumbre desde su boca. Sus ojos eran celestes-quizá lo único normal- y su boca era tan enorme que parecía ser una mezcla entre un ario con un negro africano. Sus rasgos eran deplorables similares a los de un chimpancé, tenía un sombrero antiguo y destrozado. Vestía un pantalón gastado y lleno de aceite de autos, tenía lentes enormes y cuadrados que resaltaban sus ojos y una enorme cicatriz en su pómulo izquierdo sobresalía de su rostro. Y lo más asqueroso era que este viejo tenía una horrible panza que lo delataba con el resto de su cuerpo, dado que era extremadamente flaco pero sólo esa zona formaba una protuberancia. Después de calificarlo a simple vista como deplorable físicamente, decidí contestarle.
  -Tiene razón.
  Me miró unos segundos  y comenzó a pensar detenidamente sobre algo que sólo él sabía. Luego me habló nuevamente.
  -Si quiere puede pasar la noche aquí. Pero no es recomendable.
  -¿El lugar es peligroso?-le pregunté.
  -Sí.
  -Bien… ¿Qué me recomienda?
  Cuando me iba a contestar sonó el teléfono de la estación y el viejo cateto se levantó de la silla de forma rápida, algo notable y extraño para una persona de su edad. Esto fue el primer indicio de una noche extraña. Parecía un joven de quince años, frenético y sin ningún inconveniente al levantarse de aquella silla podrida. Cualquier persona tan avejentada estaría tomándose la espalda después de levantarse de una silla de forma rápida, pero este viejo no aplicó ninguna queja.
    Después de unos minutos el viejo volvió desde el interior de la estación y sin que le preguntara nada, me recomendó un hospedaje cercano.
  -Joven. Le recomiendo que pase la noche en un hotel pequeño de por aquí.
  -Está bien-le dije- ¿Pero dónde estoy?
  -Se encuentra en la “Parada 525”. Pero exactamente estamos en las cercanías de “Daramhon”.
  Esto se tornaba más extraño que aquel anciano, Daramhon era un pueblo de leñadores,-que según mis conocimientos-había desaparecido hace años. La última vez que había escuchado sobre este sitio fue cuando era pequeño. Pero el viejo parecía no mentir, además por qué no confiar en un anciano casi a punto de morir.
  -Muy bien, sólo deme la dirección del hotel y ya mismo me retiro.
  -Es fácil de llegar. Sólo gire a la derecha del cartel que dice: “Bienvenidos a Daramhon” el mismo que se halla en la entrada de la parada.
   No comprendía que mierda sucedía, dado que cuando llegué a la parada no había ningún cartel, pero según el anciano tenía que usar como referente dicho cartel para llegar hasta el hotel.
  -Pero señor… Cuando llegué hasta esta parada no había ningún cartel.
  El viejo dibujó una macabra sonrisa en su rostro y me dijo.
  -No bromeé conmigo señor “Dante”. A él no le gustan las bromas.
  Cuando dijo mi nombre el miedo gobernó mi situación.
  -¿Cómo dijo?-le pregunté con pavor.
  -Que debe girar a la derecha.
  El viejo sin dudas estaba jugando conmigo. Pero qué vileza podía contener este anciano para decir aquellas palabras ominosas.
  -Usted dijo mi nombre.
  -Señor no juegue conmigo soy sólo un anciano.
  -¡Yo lo escuché!-exclamé.
  -Por favor, señor… no me haga daño sólo quiero ayudarlo.
  -Tú dijisteis mi nombre ¿Cómo mierda sabes mi nombre?
  -Le voy a pedir que se marche. Ya estoy viejo para estas idioteces.
  -Eso es exactamente lo que haré.
   Me retiré furioso y con miedo de aquella estación, mientras el viejo se introducía en ella riéndose por debajo de sus manos. Algo extraño y oculto escondía este sitio y lo único en lo que pensaba era en dormir para poder irme por la mañana.

   El viejo tenía razón, había un cartel pero yo estaba seguro que cuando había llegado al paradero no estaba. Aún no sabía que escondía aquel sitio pero presagiaba que la noche lo delataría y que al fin descubriría que pasaba por aquellos lugares.
   El hotel no fue difícil de encontrar, pero más que un hotel parecía un nido de ratas. Creo que a esas alturas no me quedaba alternativa y no podía pedir nada mejor que aquella porquería. Este sitio de hospedaje estaba cercano al bosque, centenares de árboles lo rodeaban y a las afueras había varias hachas desafiladas y pequeños arboles recién cortados. Era cierto que este pueblo era conocido por ser un lugar de leñadores. Lo extraño era que aún no había visto a esos hombres robustos y cargados de fuerza que se encargan de cortar árboles más grandes que un automóvil. Las únicas personas que había visto eran ancianos, el viejo que sabía mi nombre y los otros dos que parecía que habían huido al verme en un principio de mi llegada.
   Estaba en el umbral de la puerta del hotel, con mis bolsos en cada mano para pasar la noche y toqué tres veces al timbre. En segundos me atendió un anciano de color negro. Este viejo estaba lleno de pecas como el anciano de la estación, tenía una nariz ancha como de boxeador, sus labios eran gruesos y sus brazos casi le llegaban hasta el piso. Tenía postura encorvada, piernas débiles y cortas. Sus ojos eran negros como la misma noche y su vestimenta era mucho mejor que la del viejo que sabía mi nombre. Sin que yo le hablara, me dirigió la palabra.
  -Hola, joven.
  -Hola.
  -¿Desea pasar la noche?
  -Claro.
  -La noche son sólo diez monedas.
El precio era un regalo, lo único bueno de la noche.
  -Me parece correcto. Ya mismo le pago.
  -Bien joven. Le aseguro que el servicio no lo defraudará.
Le pagué al instante con cambio, para no recibir nada de aquel esperpento y en un acto seguido me condujo de inmediato a mi habitación.
 -Pase por aquí joven.
  En aquel momento esperaba ver algún muchacho, puesto que por lo general los empleados que llevan los bolsos en los hoteles son gente joven, deben serlo por la fuerza que deben ejercer. Pero nada cambiaba en aquel hotel, dado que el que recibió mis bolsos era otro anciano similar al anterior sólo que de piel blanca. En ocasiones pensé vivir en aquel sitio, ya que todos los ancianos de allí eran gente llena de vigor, quizá la tierra les daba vitalidad. El viejo que llevó mis bolsos parecía tener más fuerza que yo, y su cuerpo demostraba lo contrario.
Deje pasar eso de los ancianos y me acomodé en mi habitación que se encontraba en el segundo piso al fondo del pasillo. Para ser un nido de ratas el sitio era grande y acogedor, por lo menos no había cucarachas. Lo único malo era una hediondez que provenía del baño. Quise dormir pero no pude, por aquel hedor. Me dispuse a ver que producía tales tufos, y cuando me levanté de la cama y miré en el baño, encontré el escusado repleto de gusanos amarillos y de mierda por todo el lugar. Sabía que algo malo iba a tener aquel sitio de mala muerte. -¿Qué podía hacer más que cerrar la puerta y dormir?- Ni loco limpiaría toda la mierda del sitio, lo mejor era pasar la noche y despedirme para siempre de aquel lugar por la mañana.

   Cuando estaba a punto de cerrar los ojos escuché unos murmullos en las afueras del hotel. Mi ventana daba justo a un patio trasero, en el cual depositaban leña. Me levanté de la cama para escuchar de qué hablaban las personas de las afueras. Una vez que estaba cerca de la ventana espié por ella. Pude ver otros ancianos -nada nuevo- y noté como berreaban entre ellos y a la vez cortaban enormes troncos. Algo que seguía siendo de los más extraño-¿cómo podía ser que dos débiles viejos pudiesen hacer un trabajo tan pesado?- Los dos ancianos no parecían sufrir al cortar la madera, era como si fuesen fornidos leñadores de leyenda. La vitalidad de aquellas personas causaba miedo en mí, cada vez me acercaba más al desenlace de algo aterrador. Al principio pensé que la gente de la zona era vigorosa, pero después me di cuenta que todo marchaba mal. Los dos ancianos hablaban entre ellos, pero en un idioma que jamás había escuchado. Más que palabras parecían dialectos de trogloditas, era como si dos perros estuviesen peleando por un hueso. Traté de no delatar mi posición desde la ventana para seguir espiando a los dos viejos vehementes. Todo marchaba bien cuando comencé a oír voces en el pasillo, esta vez podía escuchar claramente el idioma normal. Había cambiado mi posición de la ventana por la posición de la puerta que daba hacia el pasillo. Y escuché a dos viejos que recitaban cosas extrañas y ominosas para mi mente. Podía oír como uno de ellos le decía al otro que todo estaba preparado y que pronto el señor “Uhbbe” tenga su bocado. No sabía qué mierda era el significado de la conversación y jamás había escuchado de un nombre así, lo que pasaba allí no era algo normal y no dudé un instante para darme cuenta que todo estaba empeorando. Para no llamar la atención volví hasta la cama y me tapé presurosamente, para simular que estaba dormido. En cuestión de segundos entró el anciano que me había alquilado la habitación, me miró unos segundos y bajó corriendo. Esto era lo único que necesitaba mi mente para darme la orden de correr. Me destapé lo más rápido que pude  y abrí la ventana que daba al patio. Me escabullí por ella y cuando volteé para ver al interior de hotel una horda de ancianos con palos y cuchillos estaba en mi habitación. Berreaban entre ellos y discutían, pero todo cambió cuando me vieron por la ventana, no titubee y me tiré del segundo piso al patio del hotel, para mi desgracia caí sobre un tronco y me rompí la pierna-que maldita desgracia-, tantas veces había pensado en quitarme la vida y ahora estaba luchando por ella, la puta ironía gobernaba mi situación. Muchas cosas vagaban por mi mente, pero pensaba-¿Cómo podía ser que estos ancianos fuesen tan despiadados? ¿Qué fuerza cósmica los gobernaba? ¿Quién era el tal Uhbbe?-. Todo tenía que ser una puta pesadilla, nada más que eso –pensaba- pero todo era tan real como mi pierna rota.
    Quedando tirado en aquel patio los ancianos poderosos no tardarían en despedazarme, el gélido aire del bosque acariciaba mi rostro, dándome consuelo de mi posible  cercanía  a la muerte. Las voces de los viejos se escuchaban cada vez más cerca y en sólo segundos, decenas de ancianos surgieron del bosque marchito y del hotel. La mayoría de ellos no hablaba nuestro idioma, sólo berreaban entre sí y se miraban los unos con los otros. No podía creer lo que estaba viendo en esos momentos, un ejército de viejos sedientos de mi sangre, un bosque marchito que parecía estar plagado de maldad y un frío arrasador que me servía de consuelo. Sólo aguardé mi segura muerte por manos de aquellos viejos que no eran de este planeta o que estaban corrompidos por fuerzas mayores. Pero cuando pensé que todo estaba perdido, todo se fue aún más por la borda. Desde las entrañas del bosque salieron más ancianos comandados por uno, muy peculiar, que portaba un amuleto enorme con la forma de un gusano. Este viejo ancestral les habló a todos en su idioma y los festejos y chiflidos se oyeron a leguas. Lo único que podía entender era que mi captura había generado alegría entres los ancianos. El viejo del amuleto vestía como cualquier anciano normal, pero la diferencia estaba en su cuerpo. Desde las mangas de su camisa brotaban infinidades de gusanos amarillos y a punto de estallar como los que habían en el baño del hotel. Y no sólo de sus mangas, sino de todo su cuerpo, este viejo era como un engendro que producía constantemente aquellas cosas repulsivas.
  De pronto dos ancianos se acercaron hasta mi ubicación y me tomaron de las extremidades. Cuando me alzaron un tercero me pegó con un palo en la cabeza y no recuerdo nada más de aquella situación.

    No tenía idea cuánto había transcurrido, pero seguro que mucho tiempo. Cuando desperté me encontraba rodeado de ancianos desnudos, algo realmente asqueroso. La mayoría de estos engendros estaban llenos de gusanos por todos sus cuerpos. Además había antorchas clavadas en el piso del lugar en el que me encontraba. Este sitio era en las entrañas del bosque y cercano al lugar había una enorme entrada a una cueva. No se podía ver nada para adentro de la cueva, dado que la luz escaseaba. Yo por otro lado, estaba atado a un poste enorme y rodeado por los ancianos horrendos, que más que humanos parecían fallidas creaciones de algún dios arcaico. Mientras todos los viejos bailaban desnudos alrededor mío, el viejo del amuleto tenía un libro esotérico del cual escupía conjuros aterrorizantes. Era presagiado mi fúnebre destino, sabía que nada iba a terminar bien para mí. Lo único que podía hacer era resignarme y presenciar mi propio sacrificio. Mientras más invocaciones vomitaba aquel anciano, más gusanos salían de su cuerpo, además el cielo comenzó a mutar de manera extraordinaria. Se formaron nubes jamás vistas y un tifón de energía generó un enorme portal proveniente del cielo para que caiga sobre la entrada de la cueva, un destelló ciclópeo vasto para crear tal anomalía del universo. Sabía que estaba a punto de morir, pero por otro lado estaba excitado por presenciar aquellos ritos ancestrales. Ningún humano jamás hubiese imaginado tal espectáculo macabro, me sentí parte de la obra y quería morir para seguir conociendo más de todo aquello. Seguí mirando el juego de la muerte y del portal emergió un encapuchado que no parecía ser humano. Los ancianos se acercaron hasta él y le quitaron la capucha, mi sorpresa fue enorme dado que lo que vi puede llegar a costarle la cordura a cualquier ser humano. Este ataviado era un gusano horrible, gigante y amarillo, que portaba manos que provenían de tendones podridos que estaban insertados en su cuerpo. Con aquellas extremidades tenía en su poder un bastón rarísimo y un libro que poder.  Aquella abominación del cosmos hablaba el mismo idioma barbárico que los ancianos. Y por razones que desconozco, parecía ser que estaba enfurecido con sus acólitos. Mientras este engendro les hablaba todos se arrodillaban y suplicaban.

    Mi suerte había cambiado un poco y la cuerda que me atrapaba comenzó a aflojarse y aproveché la oportunidad de escapar. Mi presencia ya no era requerida en aquel sitio del infierno, pero mi maldición sería por eones. Huí como pude-con mi pierna rota- por aquel espeso y marchito bosque mientras miraba a mis espaldas como el cielo se enfurecía con aquel lugar maldito. Troté de forma insólita casi con una pierna y cuando quise darme cuenta tenía a todos los ancianos siguiéndome nuevamente, esta vez desenfrenados con una furia atroz. Quizá el miedo me ayudó, o quizá aquella bestia de los portales desconocidos me quiso con vida. Lo único que sabía era que debía escapar de los ancianos sedientos de sangre. Era irónico como un simple descuido les podía costar caro y más irónico era como yo trataba de salvar mi vida. Fueron tantas las veces que pensé en el suicidio, que ya no lo recuerdo.
   Logré llegar al automóvil pero recordé que no tenía combustible, lo único que podía hacer era pensar rápido. Lo primero que pasó por mi mente fue esconderme y fue lo único que pude hacer. Había varios troncos enormes que me sirvieron de maravilla, al menos algo bueno había conseguido. Me acurruqué entre los troncos, arriesgándome a morir aplastado por los mismos, pero cuál era la diferencia -de todas maneras ya estaba muerto-. Al parecer eran fuertes, pero la mente se les había deteriorado, no pudieron encontrarme y pasaron de largo, siguiendo por el bosque para cazar a quién sabe qué persona imaginaria. Mi cabeza estaba por explotar por tanta locura en una noche y me desmayé.
   Al otro día desperté casi congelado por el frío que me azotó. Con las pocas fuerzas que me quedaban me dirigí como pude hasta la estación a buscar combustible. Lo extraño era que ningún anciano se encontraba por la zona. Sólo habían miles de gusanos por todos lados, agonizando. No me detuve a pensar qué era aquel espectáculo de insectos. Sólo robé la nafta y me dirigí al auto para cargarlo. En un santiamén tenía combustible nuevamente.
    Dejé todo atrás, no me percate de las maletas ni de nada, sólo encendí el motor y enfilé a la carretera.  Aceleré a fondo y cuando estaba a punto de conectarme con la ruta choqué a un anciano desquiciado, que emergió sin previo aviso. Lo único que quedó en la chapa del auto fueron gusanos y sangre. Por razones que nunca me perdonaré, bajé para ver al viejo y este me habló, agonizante al borde de la muerte.
  -Lo arruinasteis…
  El condenado escupía sangre con gusanos y el viejo era el dueño de la estación, el maldito anciano que sabía mi nombre y que estaba jugando conmigo desde un principio.
  -Vete a la mierda…
  -El señor Uhbbe, enfureció. Y tú lo arruinasteis…
  -¿De qué me hablas viejo inmundo?-le pregunté con violencia.
  -Él es un regente de los mundos distantes. Sólo él podía darnos la vida eterna.
  -No entiendo de qué hablas. Pero lo único que sé es que te vas a morir.
  -Tu comprensión jamás lo entenderá. Nuestro señor, es un supremo. Y los supremos se conforman con sangre…
  Cuando el viejo dijo su última palabra explotó tiñéndome de sangre y gusanos, los cuales se esparcieron por todo el suelo. Mi locura me estaba consumiendo, tenía que huir de allí lo más rápido posible. Ya nada era seguro en aquel sitio. Me subí nuevamente al coche y salí raudo de aquel lugar infernal.

    Pude escapar de mi posible muerte, ahora más que nunca aprecio mi vida. Pese a que estoy internado en el hospital psiquiátrico, no dejo de pensar en mi familia y en lo valioso que es la vida. Jamás podré reactivarme después de lo vivido aquella noche. Le tengo miedo a la gente, estoy recluido. Una terrible fobia a los gusanos corrompe mi mente. No hay día que no recuerde el nombre de “Uhbbe”. Pero hay algo a lo que siempre temeré, un miedo ridículo, algo que nadie imaginaría, algo que no cabe en la mente de un humano -el temor a los ancianos-. Desde aquella noche, al día siguiente que partí llegué a mi casa y vi a mi madre, me recordó tanto a los malditos que me querían matar, que no dudé un instante y la maté. Mis hermanos me golpearon hasta dejarme escupiendo sangre y luego me denunciaron. Las autoridades me declararon en estado de locura.
    Ahora que me encuentro recluido de la sociedad en el hospital Lewinsthon.  Nunca he dejado de repetir el nombre del gusano enorme, el maldito “Uhbbe”. Creo que mi alma nunca se aliviará más que con la misma muerte, después de pensar día a día en lo que le hice a mi propia madre. Quizá hubiese sido mejor el suicido y eso podría haberme liberado de haber conocido mi fallido destino y peor aún, a -“La gente de Daramhon”-.




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